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Misioneras de María
XAVERIANAS

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El evangelio en tiempos difíciles


Encontramos en este texto las últimas enseñanzas de Jesús, las palabras llenas de dolor que dirige a su gente, a su ciudad, a sus discípulos. El escenario es la explanada del Templo donde entabla un largo discurso acerca de su caída y de signos que estremecerán toda la creación. El punto de partida es la admiración que expresan algunos ante la hermosura de las piedras del Templo y de sus ofrendas votivas. Jesús afirma que de aquella magnífica construcción no quedará piedra sobre piedra. Se trata de una predicción alarmante, no solamente por el Templo en sí, que ya había sufrido varias destrucciones, sino por sus consecuencias.

Las preguntas que despierta la profecía de Jesús son comprensibles: ¿cuándo y qué señales delatarán la proximidad de esta destrucción? Con todo, llama la atención una cierta frialdad al plantearlas. Era de esperar que este anuncio provocara angustia o terror. Pero parece que los oyentes conocían el lenguaje apocalíptico judío, un lenguaje muy colorido y lleno de catástrofes. La destrucción del mundo, con todos sus males y miserias, era la condición para que Dios diera vida a una tierra nueva, donde habitaría la justicia y la paz.

Lo que subyace en el fondo de la predicción de Jesús es una crítica radical a un culto que se había vuelto estéril como la higuera de la parábola, a una clase religiosa que se había convertido más en una máquina de dinero y de explotación, que en la representante de las entrañas de misericordia del Señor.

Jesús no contesta directamente a ninguna de las dos preguntas. En lugar de mirar hacia el final del tiempo, invita a mirar a este tiempo, el único que se posee verdaderamente y en el que es posible actuar. Y en vez de pensar en los signos que anticipan la llegada de un futuro mundo idílico, enseña cómo vivir en la historia para que lo nuevo germine desde dentro, sin dejar a Dios toda la responsabilidad de cambiar mágicamente las cosas.

El drama de la caída del Templo se prestaba a muchas especulaciones y manipulaciones religiosas. Si este era el signo premonitor de la llegada del Mesías, muchos se verían tentados de aprovechar el miedo para usurpar el nombre de Cristo. En cambio, Jesús, el que sí puede apropiarse del Yo soy, del nombre de Dios, no utiliza las desgracias para imponer su poder, ni para convencer a nadie. Guerras, revoluciones, terremotos, peste, hambre y signos en el cielo (ejemplo los eclipsis), no son provocados por Dios, mucho menos son castigos que envía para reconducir el mundo al buen camino. Son realidades que siempre han existido y que se deben, de un lado, a la debilidad humana (guerras, revoluciones), y por el otro, a las leyes de la naturaleza (terremotos, enfermedades) que pueden verse afectadas aun por el actuar egoísta del hombre.

Luego Jesús se dirige a unos “ustedes” que están presentes entre sus oyentes y los pone en guardia porque antes de que este supuesto fin llegue, serán perseguidos, entregados (como Jesús en su pasión) a las autoridades y encarcelados a causa de su nombre. Lucas, como narra en los Hechos de los Apóstoles, ya ha visto la persecución que se desató en Jerusalén contra algunos discípulos después de la muerte y resurrección de Jesús. Y otras persecuciones mucho más cruentas se desatarán después a manos del Imperio romano, hasta llegar a nuestros días. Sin embargo, como en el caso anterior, lo que parecería el acabose de todo, es lo que permite dar testimonio de la fuerza revolucionaria del Evangelio. Y no tanto porque la persecución sea algo que propiciar o bendecir, sino porque cualquier poder se va a sentir amenazado por el Magnificat, las Bienaventuranzas, el Padre Nuestro, y no se quedará de brazos cruzados. Y tanto más violenta será su reacción, que saldrá inclusive del interior de las mismas familias, tanto más confirmará la coherencia con la que el creyente vive su fe en Jesús. ¡A menos coherencia, menos persecución!

Como podemos notar, toda esta serie de catástrofes y amenazas va siempre acompañada de un motivo de esperanza. Llegará un fin, pero no será definitivo. Habrá persecuciones, pero será el signo de que se dio un testimonio fiel de la vida de Jesús.

Al odio de los propios familiares, a la persecución del poder político, a los caprichos de la naturaleza, Jesús contrapone el cuidado materno que tiene hacia cada uno de nosotros: ni un cabello de nuestra cabeza perecerá. Todo podrá caerse, inclusive las obras más magníficas como el Templo, pero no perecerá el hombre porque Dios lo tiene tatuado en su palma, cuida de él, de todas las fibras de su ser, aun de las más mínimas e insignificantes, como puede ser un cabello.

El Evangelio nos conduce sobre la línea divisoria de la historia: por una parte, el lado oscuro de la violencia y de la muerte; por otra, la ternura que salva. No podemos lavarnos las manos ante el mal del mundo, ni dejar que sea Dios quien lo resuelva todo. Jesús nos pide perseverancia, es decir, el tenaz y humilde trabajo cotidiano que cuida de la tierra y de sus heridas, de los hombres y de sus lágrimas. Escogiendo siempre lo humano contra lo inhumano. Perseverar significa no rendirse, significa no caer en el fácil pesimismo que devalúa los pequeños pasos de cada día, porque sabemos que la vida del mundo, y de todo ser humano, está firmemente custodiada en las manos de Dios.

  • Virginia Isingrini
  • 15 Noviembre 2025
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