La liturgia de la Conmemoración de los fieles difuntos ofrece la posibilidad de elegir entre tres esquemas de lecturas para este día. No sorprende tal riqueza, porque si hay un misterio que penetra profundamente la realidad humana —y por tanto también la Biblia—, ese es el misterio de la muerte.
Hablar de la muerte es hablar del sentido de la vida.
El pasaje de Mateo 25,31-46, conocido como el del “juicio final”, arroja una luz bellísima sobre la relación inseparable entre la vida y la muerte. Lo hace mediante un lenguaje parabólico, imaginando la venida del Hijo del Hombre en el día del juicio definitivo.
El inicio es solemne y majestuoso: el Hijo del Hombre llega acompañado de todos los ángeles del cielo y se sienta en un trono de gloria, desde el cual pronuncia su juicio sobre la multitud de las naciones que lo rodean. Se trata de las ethnē, es decir, los no judíos, aquellos que hoy llamaríamos no creyentes o seguidores de religiones consideradas paganas.
El juicio consiste en la separación entre los salvados y los condenados: unos colocados a su derecha (las ovejas) y otros a su izquierda (los cabritos).
El criterio de separación, repetido cuatro veces en el texto, se basa en lo que los salvados y los condenados hicieron o dejaron de hacer respecto a los pobres y necesitados de la tierra: los hambrientos, los sedientos, los forasteros, los desnudos, los enfermos y los encarcelados.
El comienzo triunfal del relato contrasta inmediatamente con esta letanía de pobreza, que representa simbólicamente todo el dolor que aflige a la humanidad humillada y marginada.
La manera en que cada uno se ha situado frente al sufrimiento humano se convierte en el elemento decisivo para heredar el Reino preparado desde la creación del mundo, es decir, para entrar en la bienaventuranza del Padre.
La elección no está entre hacer el bien o hacer el mal, porque el mal, sabemos, no debería hacerse nunca. La verdadera disyuntiva está entre “hacer” y “omitir”. Dicho de otro modo, los condenados no lo son porque hayan tratado mal a los pobres, sino porque pudiendo socorrerlos, no lo hicieron.
La omisión es tan grave como la acción malvada.
La indiferencia, el cerrar la puerta a quien llama buscando ayuda, mata tanto como apretar el gatillo contra su sien.
Lo que más sorprende de este texto es que, de manera simétrica, tanto los condenados como los salvados “no sabían” que al socorrer o dejar de socorrer a los pobres, estaban actuando directamente hacia Jesús mismo.
Aquel “lo hiciste conmigo” es como un rayo en cielo sereno.
Jesús no se identifica con la persona que presta ayuda, sino con aquellos que sufren: los hambrientos, los sedientos, los desnudos, los encarcelados, los enfermos, los extranjeros; todos los que esperan que alguien se incline sobre ellos con compasión.
Sin embargo, la presencia de Jesús permanece oculta, esperando que alguien la reconozca y la visite. Nadie sabe de antemano que Él está allí: esta revelación sólo se dará en el día del juicio.
Si no fuera así, correríamos el riesgo de considerar el cuerpo de los pobres —y el cuerpo humano en general— como un simple envoltorio sin valor que alberga la presencia del Señor; y se amaría al otro únicamente porque “ahí está Dios”.
Los pobres, los afligidos, los enfermos, los prisioneros, los extranjeros deben ser amados por sí mismos, precisamente porque son así, porque son nuestros hermanos.
No en vano, todas estas acciones han sido llamadas por la tradición cristiana “obras de misericordia corporales”.
Si el cuerpo humano visible no fuera tan central, no se comprendería por qué en este texto todas las acciones descritas se orientan a devolverle salud, alivio y dignidad.
Aquí queda sellada para siempre la dignidad perenne de quienes están en la necesidad y han visto su cuerpo golpeado por todo tipo de males.
Si Cristo ha estado decididamente de su parte, también a nosotros nos corresponde hacer lo mismo; pero no nos toca revelarlo antes de tiempo.
Será Él, en el último día, quien nos diga finalmente si entraremos en el Reino preparado por el Padre o si iremos al castigo eterno, porque —pudiendo hacerlo— omitimos el bien hacia quien sufría.
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Virginia Isingrini
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01 Noviembre 2025
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