Dos hombres se dirigen al lugar de la presencia de Dios, el Templo: mismo camino, actitud opuesta. Se podría decir que uno de los dos nunca ha salido de sí mismo: se mueve, pero se mira al espejo más que encontrarse con Alguien.
El Evangelio nos dice que Jesús dirige esta parábola a quienes, desde lo alto de su presunta justicia, se sienten autorizados a despreciar o juzgar a los demás. Al presentarnos el claroscuro de dos modos de orar, Jesús disuelve la soberbia que también anida en nuestro corazón y derriba todo trono de falsa superioridad.
¿Con cuál de los dos personajes nos identificamos?
Reconozcámonos en el fariseo, para dirigirnos a Dios como el publicano.
Es su misericordia la que está en acción: «El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»
La Palabra nos propone de nuevo —pero invertido— el tema de las dos vías del Antiguo Testamento: el camino de la vida y el bien, y el de la muerte y el mal (Dt 30,11-20); el camino bendito del justo que confía en el Señor y el maldito del impío que confía en el hombre (Sal 1).
Pero esta vez, es el pecador público, que ora con humildad y verdad, quien vuelve a casa transformado y perdonado. En cambio, el fariseo —que pertenecería al grupo de los “justos”— sale de la oración igual que entró. Su oración es un contemplarse a sí mismo, y su compañero se convierte en un simple punto de comparación para su ego.
Cuando en la oración nos dejamos encontrar por el Señor, nos dejamos cuestionar por su Palabra, y salimos transformados.
La oración auténtica es la que nos pone en verdad delante de Él, sin máscaras ni justificaciones, necesitados y disponibles a su acción. Más humildes y pequeños que cuando entramos.
Esa oración nos transfigura, porque cuando somos verdaderos y desarmados, pobres y pecadores ante Dios, Él no tarda en actuar. Comenzamos a mirar a los demás con ojos distintos, purificados por las lágrimas, misericordiosos.
La oración del publicano es tan simple: reconoce su condición de pecador, manifiesta arrepentimiento y humildad. Es la misma que la tradición oriental ha retomado con la jaculatoria:
«Señor Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador»,
repetida hasta convertirse en respiro y latido del corazón.
La llamada oración del “peregrino ruso” es una escuela sencilla y eficaz: pocas palabras, verdaderas y vivificantes, que abren la puerta al encuentro, la intimidad con Jesús y el corazón hacia los hermanos y el mundo.
Papa Francisco, Gaudete et exultate, 151-152:
«Es la contemplación del rostro de Jesús muerto y resucitado la que recompone nuestra humanidad, incluso aquella fragmentada por las fatigas de la vida o marcada por el pecado. [...]
Y si delante del rostro de Cristo aún no logras dejarte curar y transformar, penetra entonces en las entrañas del Señor, entra en sus llagas, porque allí habita la misericordia divina. [...]
El “peregrino ruso”, que caminaba en oración continua, cuenta que esa oración no lo separaba de la realidad exterior:
“Si me encontraba con alguien, todas las personas sin distinción me parecían tan amables como si fueran de mi familia. [...] No solo sentía esa luz dentro de mi alma, sino que también el mundo exterior me parecía bellísimo y encantador.”»
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Elisa Lazzari
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25 Octubre 2025
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