En esta página evangélica, el protagonista es el Reino de Dios y su próxima venida: se prepara el momento del juicio.
Todos los discípulos y quienes siguen a Jesús tienen expectativas sobre Él; ahora que se dirige a Jerusalén, parece llegado el momento de realizar ese Reino que hasta ahora ha sido anunciado.
Así, la espera del Reino pasa a ocupar el centro de todos los discursos de Jesús.
Se habla de la oración, pero de una oración que invoca y desea sobre todo la llegada del Reino, la plenitud de justicia que pondrá todo en su lugar.
Este era el espíritu de la última fase de la vida de Jesús, y Lucas quiere hacernos entrar en ese contexto para comprender mejor los pasos finales que preceden a la pasión.
La venida del Reino se hace cada vez más cercana, y Jesús, en esta circunstancia, pronuncia un discurso escatológico, es decir, habla de los últimos tiempos, que tienen un doble significado: los “últimos tiempos” como el momento supremo de su existencia, pero también como una proyección hacia el final de la historia.
Jesús camina hacia Jerusalén, símbolo del cumplimiento del plan de salvación.
En este pasaje se subraya la necesidad de orar de una manera particular, con una actitud interior precisa; si no se ora en esa clave, se corre el riesgo de cansarse, desanimarse o desesperar.
Jesús cuenta esta parábola para que, al pedir, no se pierda la esperanza ni la confianza en la realización de aquello que se pide.
La palabra “viuda” indica, en general, una mujer sola.
Su soledad muestra que no tiene defensa y no puede hacer valer sus derechos.
No se puede imaginar algo más frágil en los tiempos de Jesús y en aquella sociedad.
La viuda es una figura vulnerable frente a un antagonista: un juez corrupto, que actúa solo por interés y no movido por la justicia.
No se trata tanto de odio hacia la viuda, sino de indiferencia.
Ese modelo de poder también puede encontrarse hoy: burocrático o social, capaz de oprimir a los pobres porque los ignora, porque no tienen voz.
En cambio, los ricos o influyentes pueden hacerse oír; los pobres permanecen invisibles.
Es una dinámica similar a la del rico y Lázaro, pero aquí la viuda no pide un favor, sino lo que le corresponde por derecho.
El juez no actúa por conversión, sino que cede ante la insistencia tenaz de la mujer.
Su energía constante lo obliga a rendirse hasta que obtiene justicia.
Si Jesús hubiera pronunciado esta parábola sin la introducción sobre la oración, podríamos interpretarla como una invitación a no rendirse: el débil no está desarmado, porque puede poseer una virtud poderosa: la firmeza del espíritu, la fe inquebrantable, la capacidad de creer hasta el final.
En realidad, la fuerza de la viuda está en su confianza firme de que el juez la escuchará y que lo que pide es justo.
Es una virtud espiritual que también quien es débil puede cultivar.
La tenacidad en la fe se convierte en acción: durante la oración, no abandonar el camino de la justicia, perseverar.
Un segundo significado de la parábola es claro: el Reino de Dios no llega inmediatamente.
La Parusía, la manifestación final, está prometida, pero no se realiza enseguida.
Mientras tanto, no hay que permanecer pasivos: no aceptar las injusticias, perseverar en el bien, actuar para conseguir justicia y paz, y procurar transformar el mundo.
No basta con esperar a que Dios lo haga todo: es necesario participar con nuestra responsabilidad.
Este es el modo más auténtico de orar y de esperar el cumplimiento de las promesas divinas: una fe que el Hijo del Hombre espera encontrar a su regreso; no solo alguien que cree y reza, sino alguien que no se ha rendido, que ha permanecido fiel hasta el final.
En resumen, resuena aquí una célebre frase de San Ignacio de Loyola:
“Reza como si todo dependiera de Dios (y no te canses en la oración),
pero actúa como si todo dependiera de ti.”
No se puede desistir: con constancia se obtiene mucho más de lo que se imagina.
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Lupita Pacheco
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18 Octubre 2025
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