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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Amigo, avanza


La página del Evangelio de la XXII Domingo del Tiempo Ordinario (Lc 14,1.7-14) nos lleva al último sábado de la actividad de Jesús, narrada por Lucas.

Este pasaje pertenece a una sección entera centrada en la invitación a la mesa (vv. 1-24): es la parábola del invitado, seguida de la del que invita (vv. 12-14), para reconocernos al final todos invitados por Aquel que ha preparado para nosotros un banquete, gratuito, abierto a quien se reconoce pecador y se deja acoger (vv. 15-24). Las primeras palabras son solemnes, casi insólitas:

“Y sucedió que él había ido”. Se subraya que Jesús ya ha venido y se dice que vino “a casa de uno de los jefes de los fariseos un sábado para comer pan”.

Nosotros somos lo que comemos, y comer en sábado significa entrar y participar en la vida de Dios, entrar en el reino del Padre del cual viven los hijos.

Lucas abre el relato presentando al hombre. Ese “escogían los primeros asientos” parece recordarnos cómo cada uno de nosotros vive de la mirada y de la estima del otro. Pero si no experimentamos la de Dios, quedamos sin peso y sin rostro. El corazón se debilita y, enfriándose en el miedo por sí mismo, se apaga.

La levadura de los fariseos —del fariseo que habita en cada uno— es el protagonismo, y de ahí nace la atracción por “los primeros asientos”. Jesús, en cambio, trae otra levadura, la del Reino, que no es una norma ni una astucia táctica. El Hijo hace todo lo que ve hacer al Padre y nos manifiesta su obra, invitándonos a seguirlo. Él eligió el último lugar, y sus amigos somos nosotros, cuando nos atrevemos a hacer lo mismo.

De aquí el llamado, fuerte como un mandato, a no tumbarnos en el primer sillón. Porque Dios no está en el primer sillón. Nadie lo encontrará ahí.

Lámpara para el camino, paso a paso, la Palabra nos orienta hacia Dios, nos indica dónde está el Padre y el Hijo. Obedecerla nos mantiene en el Espíritu para estar con Dios.

La Palabra de este domingo nos dice dónde buscarlo. El último es el lugar de Dios, y el Evangelio nos lo recuerda para que podamos encontrar su Rostro. El hombre y la mujer que lo aman y lo siguen escuchan la Palabra:

“ve y siéntate en el último lugar”.

Buscar el último lugar es, pues, una exigencia de amor, porque es buscar al amado. Lo que importa es la cercanía a Dios, que está en medio de nosotros como el que sirve (Lc 22,25-27): desde el pesebre (2,7), pasando por el último lugar (14,10), hasta la madera de la cruz (23,33).

Sin embargo, es bueno escuchar la Palabra con atención y rumiarla sin confusión. “Ponerse en el último lugar” no significa de ningún modo sofocar los deseos y los dones que el Señor ofrece a cada uno en su amor. Significa, en cambio, custodiarlos e invertirlos todos en la dirección correcta, para que den más fruto, unificados en el tesoro. Ponerse en el último lugar es, entonces, ponerse en Dios, sumergirse en su vida, amigos.

Entonces, injertados en Él, escucharemos la voz hermosa que nos llama: “Amigo, sube más arriba”.

Dios ama nuestro ser tierra, humildes, y nos lleva a su amistad. Elevar a los últimos, hacerlos saltar más alto, es don supremo de Dios, ofrecido a sus amigos.

María, Madre de Dios, virgen del silencio y de misteriosa paz, ¡enséñanos el camino!

  • Simonetta Caboni
  • 29 Agosto 2025
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