Jesús iba enseñando por pueblos y ciudades mientras caminaba con su grupo hacia Jerusalén. Lucas le está dando continuidad a la enseñanza que Jesús viene dándole a sus seguidores a lo largo del camino. Jesús va instruyendo, como lo harán luego sus discípulos enviados a la misión. Pero, ¿qué es lo que enseña Jesús? No se da una respuesta directa, porque la enseñanza no viene de un libro o una conferencia, sino que es todo lo que Jesús va haciendo y diciendo en el día a día. Es a lo largo de lo que van viviendo que los lleva a reflexionar, entender y decidir si quieren caminar con Jesús hasta el fin o darle otro rumbo a sus vidas.
Mientras van en eso, le dirigen una pregunta a Jesús sobre la salvación: ¿Señor, es verdad que son pocos los que se salvan? Esta pregunta es típica de las curiosidades religiosas de aquel tiempo. Los rabinos habían elaborado varias teorías sobre la salvación:
- Los más abiertos decían que todo el pueblo judío se salvaría por ser el pueblo elegido.
- Otros aseguraban que sólo los practicantes de la religión la alcanzarían.
- Ambos grupos creían que los que se salvan deben ser de su raza.
Esto se ha repetido en la historia de las varias religiones, como sucedió en la Iglesia católica cuando se afirmaba: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. No son ese tipo de afirmaciones que dan la respuesta adecuada sobre la salvación.
Jesús, más que responder cuántos, responde cómo, y dice que deben esforzarse por entrar por la puerta estrecha, que deben poner mucho de su parte, cuanto puedan dar, al servicio del Reino. Pero la garantía de estar en el camino correcto de la salvación es el compromiso con el proyecto de Dios: la construcción de una sociedad donde reinen la justicia, el amor y la paz.
Para aclararles más las cosas, Jesús les cuenta una parábola sobre el banquete del Reino, semejante a la prisa que se dan por alcanzar lugar en la fiesta donde todos quieren entrar, pero la puerta se encuentra cerrada. Algunos, queriendo usar su influencia, exigen prioridad: Señor, ábrenos la puerta. La voz de dentro les dice: no sé quiénes son ustedes. Entonces apelarán a “los reconocimientos y derechos adquiridos” por el cumplimiento o práctica de algo: por pertenecer a algún grupo religioso, por haber donado algo para la comunidad, por cumplir alguna novena o promesa, etc. Hay una segunda respuesta contundente de rechazo: apártense de mí todos ustedes los que hacen el mal. Este es el primer paso que debemos dar para entrar a la fiesta: dejar de hacer el mal porque de otra manera no hay “boleto de entrada”.
¿Qué es lo que hace que abran la puerta? Lucas nos dice que el grupo que sigue a Jesús va poniendo atención y tomando conciencia mientras va por el camino. Esto mismo, Mateo en su evangelio lo pone de otra manera, pero con el mismo objetivo: Benditos los que han hecho el bien, y malditos los que se han negado a hacerlo (cfr 25, 34-36).
La muestra básica de que un discípulo si va aprendiendo la enseñanza es el compromiso por apartarse del mal y comprometerse con el bien: eso muestra que va rumbo a la salvación. La lectura refleja la desesperación, la impotencia y el arrepentimiento (llorar y rechinar los dientes), de los que a pesar de haber hecho algo (haber comido, bebido y escuchado a Jesús) terminan siendo excluidos, sin posibilidades de entrar al banquete, porque no hicieron lo mínimo por dejar lo malo y aplicarse al bien. ¿Qué hacer entonces?
La parte final del evangelio nos recalca que la vida y obras desde Abraham, los patriarcas y profetas… gente de todas partes del mundo que creyó y vivió la buena noticia, ocuparán los lugares para el banquete final de Dios. Aquellos que se sentían seguros de haber “comprado un lugar”, haciéndose omisos del bien que podían hacer y no aprovecharon las oportunidades para generar buenas obras hacia los demás, se cruzaron de brazos y terminaron no entrando.
Esforzarse por «entrar por la puerta estrecha» quiere decir, en resumen: no al mal, sí al bien. Eso, partiendo desde una cierta incapacidad natural para entender las cosas de Dios, hasta empezar a aprender a vivir la enseñanza de Jesús. En esta perspectiva, algunos están dentro participando del banquete y otros quieren entrar, pero no pueden porque resultan tan extraños para el amo que no se les puede abrir la puerta. Es evidente que estos excluidos del banquete se refiere a aquellos que, habiendo recibido la fe desde épocas antiguas, no la aceptaron y fueron indiferentes al mensaje de Jesús. Vivieron con la falsa creencia pensando que por derecho propio debían ser los primeros en entrar al banquete, así como piensan algunos que por ser bautizados o haber cumplido con algunas prácticas religiosas, “ya la hicieron”.
No sé quiénes son ustedes… No presentemos credenciales falsas. La salvación no es el resultado matemático de la participación a los oficios religiosos… no es el hacer cosas por Dios con fórmulas, símbolos, o por “tatuajes de santos” que llevamos en el cuerpo, sino porque con Él y como Él nos enseñó, nos preocupamos de hacer el bien en beneficio por los demás.
La salvación es una fiesta con Dios y con gente de todos los rincones de la tierra, universal, que se esforzaron por vivir la enseñanza del amor, la misericordia y la justicia. La mayor bendición será escuchar las palabras: ven, bendito de mi Padre a ocupar un lugar en la fiesta del Reino.
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Gerardo Custodio, sx
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23 Agosto 2025
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