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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Ardientes de vida nueva


En el corazón de Jesús hay un gran deseo, una pasión: “He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto quisiera que ya estuviera ardiendo!”. No se trata del fuego que purifica o del que acompaña el castigo divino (cf. Lc 9,54), sino de otro fuego: el que arde en el corazón de Jeremías (Jer 20,9) y le impide renegar de la misión que el Señor le ha confiado; el que alimenta el celo del profeta Elías (Eclo 48,1); aquel con el cual  el Señor se manifiesta a Moisés (Ex 3,2), un fuego que arde sin destruir; el que hace arder el corazón de los dos discípulos en el camino de Emaús, mientras el Resucitado camina con ellos; el del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.

Este es el fuego que Jesús ha venido a traer: el amor de Dios, una fuerza positiva que debe encender los corazones y renovar la tierra. Es el deseo ardiente de Jesús.

Sin embargo, hay un bautismo en el que Jesús será sumergido y que angustia su corazón hasta que se cumpla. El fuego que lo habita podría apagarse o extinguirse en esa inmersión. Jesús es consciente de que para ser fiel a la misión que el Padre le ha confiado, y encender en la tierra el fuego del Espíritu Santo, debe pasar por el bautismo del sufrimiento. Siente que se acerca la pasión que lo envolverá; sabe que las grandes aguas de la muerte lo tragarán, que deberá entregarse hasta la muerte. Pero también cree que solo así el fuego del amor triunfará.

El incendio de amor que debe propagarse y extenderse está unido al don de su vida, a la transmisión de su Espíritu, al fruto de su Palabra en nosotros, que creemos en su nombre, levadura de una humanidad nueva.

Después Jesús nos sorprende. En contraste con el saludo que dirige, ya resucitado, a sus discípulos (“¡La paz esté con ustedes!”, es decir, plenitud de vida y salvación), aquí afirma: “¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, les digo, sino división”. Entiende la palabra “paz” en otro sentido: ante la persona y la acción de Jesús estamos obligados a tomar posición a favor o en contra, y no tenemos ninguna garantía de vivir tranquilos, en armonía y unidad con los demás. Como Jesús, si vivimos como discípulos debemos prepararnos para enfrentar conflictos y soledad. Como discípulos también nosotros tendremos nuestra parte de pruebas. No todos seremos llamados a dar la vida por el Evangelio, pero todos debemos comprometernos por Él, incluso entre amigos y familiares.

Hoy, más que ver propagarse el fuego del amor, somos testigos de la explosión del fuego de las armas y del odio. Deberíamos ser muchos más los que nos comprometemos con la vida, los que luchamos por los ideales del bien común, de la justicia, del Evangelio. Hablamos de paz, pero la paz que intentamos construir es una paz falsa, porque no está motivada por el amor, sino por el interés. A menudo nos acomodamos a las situaciones críticas, pensando que no somos capaces de resolver los problemas; nos cuesta separarnos de la masa y ser signo de contradicción. “La vida, en cambio, está hecha de decisiones, intentos, sueños por los que luchar, sufrimientos que afrontar, incomprensiones que digerir” (L.M. Epicoco). Y nuestra sociedad de consumo y distracciones corre el riesgo de alimentar un mecanismo que actúa como bombero y apaga el fuego que empieza a encenderse en nosotros.

Señor, no dejes morir en nosotros el fuego que has encendido.

Frente a tantas situaciones de muerte, danos el valor de reaccionar, incluso a costa de divisiones. Haznos comprender que lo peor no es el riesgo de las divisiones, sino las estrategias que adoptamos para evitarlas. Porque el mal prospera en el silencio, la indiferencia y la hipocresía.

“Como Jesús, también nosotros somos enviados a usar nuestra inteligencia no para venerar la tibieza de las cenizas, sino para custodiar el ardor del fuego” (G. Mahler). Somos un puñado de calor y de luz arrojados en la cara de la tierra, no para deslumbrar, sino para iluminar y calentar esa porción de mundo que se nos ha confiado. (Ermes Ronchi)

  • Silvia Marsili
  • 16 Agosto 2025
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