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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Ascensión: La Bendición que Permanece


Hoy es la fiesta de la Ascensión de nuestro Señor Jesucristo, y la Liturgia nos lleva al cielo, a la casa de Dios.

El Evangelio de Lucas se abre con una casa y se cierra con otra casa. La Buena Noticia viaja desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, en el piso superior: destino final para María y los discípulos que regresan del monte de la Ascensión, después de haber pasado por muchas otras moradas.

Nos detenemos y descendemos al corazón, allí donde Dios habita en nosotros, para poder encontrar el Rostro de Jesús y dejar que su voz nos conduzca hacia afuera, al Cielo, a casa. También nosotros, como los discípulos, dejémonos conducir hacia fuera, hasta Betania.

Este verbo, "conducir hacia fuera", indica la acción de Dios cuando libera a su pueblo; y esta ciudad, Betania, es ese lugar al oriente de Jerusalén desde donde se espera el regreso de la Gloria (Ez 43,2), porque desde allí partió (Ez 11,23).

Hay un verbo que se repite varias veces en el Evangelio que escuchamos este domingo: bendecir. En los momentos determinantes de su vida, Jesús está en oración al Padre hasta convertirse –como en esta escena– Él mismo en oración por nosotros. Su estar en plena comunión con el Padre se transforma para todos en bendición.

“Él que pasaba haciendo el bien, ahora permanece diciendo el bien (bendiciendo)”, escribe Silvano Fausti.

Contemplo al Resucitado mientras los bendecía (v. 51), y me gusta imaginarlo extendiendo su mano, como para invitarnos también a nosotros al cielo.

Lucas elige el verbo "distanciarse" para indicar el movimiento de Jesús («se distanció de ellos»), pero esta expresión no quiere decir que se aleja. Al contrario, la Solemnidad de hoy nos recuerda que las realidades celestiales inauguradas por Jesús están abiertas a quien se acerque con un corazón sincero y purificado, como meditamos en la segunda lectura (Heb 9,24–28; 10,19–23).

El “distanciarse” del Resucitado, entonces, es su entrada en el espacio donde todo puede ser abrazado. Allí donde todos podemos vivir en plena comunión con el Padre, caminando tras las huellas del Hijo y en el Espíritu.

Lucas elige luego concluir el relato de este episodio usando el mismo verbo con el que comenzó: bendecir.

En el versículo 53, sin embargo, son los discípulos quienes lo hacen:

«Estaban continuamente en el templo bendiciendo a Dios», cuenta Lucas, casi anunciando que la casa de Dios se ha convertido en la morada estable de Dios. Esta es la verdadera bendición, el camino.

El encuentro con el Señor que viene, trayendo consigo el “Cielo” para nosotros, los cristianos. El llamado es, por tanto, una invitación a la vigilancia en la espera, porque Él viene ya hoy, en cada hermana y hermano que encontramos en el camino y en las casas por donde pasamos o nos detenemos. Él viene a nosotros en cada Eucaristía, como recuerda Alexander Schmemann en “Por la vida del mundo”:

«Cristo ha ascendido al cielo.

El altar es el signo de que en Cristo tenemos acceso al cielo,

que la Iglesia es el “pasaje” al cielo,

la entrada al santuario celestial.

Y sólo entrando, sólo ascendiendo al cielo,

la Iglesia realiza su ser,

se convierte en lo que es.»

  • Simonetta Caboni
  • 31 May 2025
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