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Misioneras de María
XAVERIANAS

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Me amas, no me amas...


Jn 14,23-29

En aquel tiempo, Jesús contestó [a sus discípulos]: Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él. Quien no me ama no cumple mis palabras, y la palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. Les he dicho esto mientras estoy con ustedes. El Defensor, el Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que [yo] les he dicho. La paz les dejo, les doy mi paz, y no como la da el mundo. No se inquieten ni se acobarden. Oyeron que les dije que me voy y volveré a visitarlos. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Les he dicho esto ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, crean.

En este pasaje y en los versículos anteriores, Jesús prepara a sus discípulos para el tiempo de su ausencia; los tranquiliza y les asegura su cercanía y apoyo para que no se inquieten, pues no los dejará solos ni abandonados. La nueva comunidad no estará sola a lo largo de la historia, por eso les promete el envío del Espíritu Santo. Por todo ello, Jesús propone ser acogido libremente, entrar en íntima comunión de amor con él y ser en el mundo signo concreto de su amor.

Si alguien me ama…

Jesús retoma de nuevo lo que ya había anunciado poco antes: “Si alguien me ama cumplirá mi palabra” (vers. 15. 21) como si quisiese reafirmar que amar a Jesús significa, en concreto, abrir libremente el propio corazón y acoger su persona en la propia vida. Su amor, verdaderamente, impregna todo nuestro ser, por eso, amarle nos une con Él, nos sumerge en la luz de su Palabra, nos enamora de su Persona y nos atrae hacia Él y a sus mandamientos, que ya no son una imposición, sino exigencia de un amor libre que libera y sana, de un amor gratuito que se dona dando vida de manera total.

Quien ama a Jesús lo lleva en el corazón, cuida sus palabras, vive sus valores y se comporta como él. Para quien ama, Jesús se convierte en el centro de su vida, siendo el punto de referencia de todas sus decisiones y acciones. Quien no ama, no puede amar a Jesús ni a los demás ni llegar a conocer a Dios, porque Dios es amor (1 Jn 4, 8). Jesús nos hace entender que amarle es la condición para cumplir su palabra/mensaje, que lleva necesariamente a un dinamismo de transformación y de acción. Se trata de amar a los demás con hechos, de reconocer y hacer en cada circunstancia lo que es bueno, bello y justo para el bien de toda persona.

Quien vive amando y haciendo el bien irradia la imagen del Hijo en su propia persona, y Dios al ver esto, responderá manifestando su amor paterno: «Y mi Padre le amará», dice Jesús. Y aquel que ama como ama Jesús, es también considerado por el Padre como su hijo, será amado por él y podrá experimentar lo que es ser hijo (1,12). Se cumple así lo que el evangelista Juan nos dice: «Porque el amor es de Dios: todo aquel que ama es nacido de Dios y conoce a Dios» (1 Jn 4, 7). Por otro lado, sabemos que Dios ama a todos los hombres, aunque haya quienes lo ignoren o rechacen; no obstante, esto no le hará renunciar a su esencia de amor. Él sabe respetar y esperar pacientemente hasta el final.

Jesús también nos garantiza lo siguiente: “Vendremos a él y habitaremos en él”. El Padre y Jesús, que son una sola cosa, vienen en el corazón del hombre que ama, para detenerse, permanecer y vivir con él y junto a él, inclusive habitar "en él”. Solo quien ama, su vida se convierte en casa y santuario de Dios mediante la fuerza del Espíritu Santo; Este es el lugar que Dios más ama y en el que siempre quiere vivir, y donde nace una relación personal y comunión de amor con las tres personas de la Santísima Trinidad. Esto es posible gracias al don y la presencia del Espíritu Santo.

Nos envuelve con amor infinito

En todas las épocas y culturas ha habido personas de todo tipo y edad que han buscado a Dios o se han dejado encontrar por Él. Todas ellas, en circunstancias tan divergentes y por diversos medios, han llegado a conocerlo y luego han decidido libremente acoger en su vida a este Dios que es amor. Creemos que es el Espíritu Santo quien ilumina, mueve y acompaña a las personas en este extraordinario cambio de vida.

Él es quien separa al hombre de las tinieblas y lo libera del mundo perverso. Él es quien da la sensibilidad y la luz para distinguir la vida de la muerte. Es el Espíritu Consolador que abraza con fuerza y envuelve con su infinita misericordia, sanando toda herida y donando el perdón a quienes viven en situaciones más dolorosas; es el Espíritu que hace percibir la dulzura de su amor y la vida nueva en cada célula del cuerpo sediento de Dios, para hacerlo nacer de nuevo y hacerle gustar la alegría y la paz. Es el que nos llena de su conocimiento y nos hace «llevar en el corazón» todo cuanto ha enseñado Jesús, nos ayuda a comprenderlo y nos da fortaleza para vivirlo.

  • Reyna Hernández
  • 24 May 2025
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