La Cuaresma es el tiempo oportuno para transformarse y ser transformados: son días marcados por la pasión, la perseverancia, las posibilidades y la revisión. Es un momento para reconocer, sin miedo ni vergüenza, que necesitamos ayuda. Se nos invita a cambiar y asumir nuevos valores para elegir un modelo de historia diferente, arriesgando nuestro futuro en un nuevo proyecto de vida.
La liturgia de este domingo nos presenta una parábola muy conocida: la del Padre Bueno. Las parábolas no son simplemente comparaciones que enseñan. Son palabras que sanan, que nos ofrecen la posibilidad de un camino de salvación. Son textos terapéuticos y de cuidado, y por eso, transformadores. Buscan, de alguna manera, insertarnos en el contexto de la "narración" para involucrarnos con la escena y los personajes, de modo que nos lleven a un cambio de perspectiva sobre nosotros mismos y sobre Dios. La imagen de Dios es muy central en las parábolas. La parábola de este domingo quiere “revelarnos a Dios y su misericordia” (Oseas 6,6).
El contexto en el que se sitúa el relato es el viaje de Jesús y sus discípulos desde Galilea hasta Jerusalén (Lc 9,51-19,28). En esta sección del Evangelio suceden muchas cosas importantes y controversiales para la vida de la comunidad.
En el capítulo 15 encontramos tres parábolas que tratan sobre lo que está “perdido”: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo, que estaba perdido y regresó. Para iniciar nuestra reflexión sobre la parábola del Padre Bueno, nuestro texto nos invita a considerar lo que estamos perdiendo, lo que se ha perdido en nuestras vidas y en nuestras sociedades. ¿Qué caminos equivocados estamos tomando?
El texto cuenta la historia de tres personajes: el padre, el hijo menor y el hijo mayor. El mensaje de esta parábola busca ayudarnos a sanar nuestra imagen de un padre duro, de un hijo envidioso e incapaz de ser feliz con el regreso del otro, y de un hijo terco, egoísta y egocéntrico.
El padre posee algunos bienes. Parece una persona establecida en la vida. Tiene tierras, empleados, dos hijos y dejará su herencia a ellos cuando muera. El hijo menor decide que la vida es corta y debe vivirse intensamente. Pide a su padre que le adelante su parte de la herencia, recibe lo que le corresponde y se va. Sin embargo, toma decisiones equivocadas que lo llevan a la ruina, hasta el punto de mendigar. Se encuentra en una situación de total deshumanización. Muchas de las decisiones que tomamos en la vida terminan dañándonos a nosotros mismos y a quienes nos rodean.
Después de atravesar muchas dificultades, el hijo menor reflexiona sobre lo que ha vivido y, en un momento de vulnerabilidad física, psicológica y espiritual, reconoce su error. Se mira a sí mismo y ya no se ve como un hijo, sino como un empleado, sin un lugar en la familia. Decide regresar a casa. Ya no es la misma persona que era antes, pero sabe que "siempre puede volver". Desea tener nuevamente un lugar en la casa del padre, aunque sea solo como sirviente. “Su parte” ha sido gastada y desperdiciada, y su padre no tendría por qué recibirlo nuevamente como hijo. Él admite su error (ha pecado = ha fallado el objetivo) y desea cambiar su vida. El amor del padre, que nunca olvidó, lo ayudó a encontrar el camino de regreso.
El padre mira hacia el camino, esperando que su hijo regrese. No lo espera dentro de casa. Sale de su entorno, va a su encuentro y lo recibe. No le hace preguntas, no lo critica, no lo reprende. Le ofrece "el mejor vestido" (en griego, "el vestido, el primero"), no cualquier ropa, sino la de fiesta, la más importante, que le devuelve su dignidad de hijo. Le coloca un anillo, confiándole nuevamente la administración de la casa y reintegrándolo a la herencia, de modo que cuando muera, aún podrá heredar. También le pone sandalias en los pies, restaurándole su libertad total, incluso la libertad de volver a irse si así lo decide.
La casa del padre se convierte en un lugar de fiesta, de perdón y de acogida. El sufrimiento y la amargura son superados por el afecto y el cuidado, porque lo que realmente cambia y transforma a las personas es la misericordia y el amor.
Sin embargo, alguien no está de buen humor: el hermano mayor nunca ha sido capaz de alegrarse con las novedades; en su corazón no hay espacio para la fiesta. No sabe acoger los cambios ni celebrar el regreso de su hermano, a quien ni siquiera menciona como tal al dirigirse a su padre (“este tu hijo”, v. 30). Es como aquellos que se preocupan por los sistemas de privilegio y clientelismo, sin darse cuenta de que la comunidad es un espacio de resurrección y de actitudes fuera de los esquemas rígidos.
El hijo mayor no comprende ni acepta la actitud misericordiosa del padre. No está dispuesto a escuchar ni a abrirse al “nuevo lenguaje” que su hermano menor ahora trae consigo. Es el hijo que siempre ha vivido obedientemente según las reglas (es el "normal") y las considera fundamentales también para la vida de los demás. No entiende que el amor rompe las normas o, mejor dicho, las reinterpreta. La actitud del hermano mayor es un recordatorio claro de lo que no se debe hacer: creerse mejor que los demás, evitar escuchar otros contextos y experiencias, pensar que la propia visión y vivencia son las únicas y deben convertirse en regla.
El padre sigue con su actitud de misericordia y dirige su mirada amorosa también hacia el hijo mayor, quien le expresa su disgusto por la decisión de recibir con fiesta al hijo menor. Esta reacción recuerda la murmuración de los fariseos, quienes juzgan el comportamiento de Jesús al sentarse a la mesa con publicanos y pecadores.
El padre tampoco reprende al hijo mayor, sino que le ofrece otra posibilidad de vida y lo invita a la fiesta. Quiere hacerle entender que celebrar es más importante que recriminar o guardar amargura. No sabemos si el hijo mayor aceptó la invitación a la fiesta. Ojalá lo haya hecho, porque solo en la mesa de la fraternidad se puede ser verdaderamente libre.
En esta Cuaresma, nuevamente estamos invitados a cambiar y a salir al encuentro de aquellos que regresan a nuestro lado. Para lograrlo, debemos revisar nuestra imagen de Dios y de todos aquellos (incluidos nosotros mismos) que han cometido errores en la vida. Debemos aprender a celebrar siempre y reconocer que en la alegría hay semillas de transformación. La comunidad está llamada a ser una parábola del Reino, en la que la misericordia y el cuidado sean la expresión de la voluntad de Dios, incluso hacia aquellos que nos han abandonado o nos han hecho daño.
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Elena Conforto
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29 Marzo 2025
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