El pasaje del Evangelio de este domingo de Cuaresma, año C, no es de esos que atraen a primera vista.
Jesús, como todos, especialmente en este tiempo, recibe noticias. Sus interlocutores piensan que le interesarán, ya que se trata de galileos como él. ¿Qué podría ser más normal que expresar tristeza, arremeter contra Pilato o incluso amenazar? Uno esperaría una reacción de consternación, pero él no; en cambio, refuerza la advertencia, amenazando a sus oyentes impenitentes con el mismo destino. Él mismo recuerda otro hecho trágico y reitera la advertencia.
Los dos sucesos, de los cuales no tenemos otros registros históricos, ocurrieron en Jerusalén y sus alrededores: en el primero, las víctimas son galileos; en el segundo, presumiblemente judíos. El primero es una masacre perpetrada por hombres, mientras que el segundo es un accidente.
Si observamos de cerca, Jesús aquí realiza un verdadero acto revolucionario: rompe el vínculo entre el mal sufrido y la culpa. Ese “no, les digo” resuena como un canto de liberación. Durante siglos, en el deseo innato de explicar el mal —la enfermedad, la desgracia—, se ha vinculado directamente con la culpa: de la víctima, de alguien más que se la habría causado, o como un castigo de Dios.
¡Cuánto sufrimiento se ha causado a las personas que han sido culpabilizadas por el mal que sufrían o a personas, muchas veces dentro del ámbito familiar, a quienes se consideraba el origen de diversos males! Bendita sea la ciencia que nos ha abierto los ojos a las causas secundarias, poniéndonos ante nuestra responsabilidad de buscar soluciones.
Jesús va más allá de escuchar una mala noticia y convierte cada encuentro en una propuesta de salvación. ¿Qué idea tienen sus interlocutores sobre lo sucedido? ¿Piensan que las víctimas eran necesariamente pecadoras para haber sufrido tal destino, más pecadoras que los demás? Aquí está la respuesta tradicional que tranquiliza y satisface: “se lo buscaron, se lo merecían”. Caso cerrado.
Pero ese “no, les digo” resuena como una trompeta, un anuncio de liberación. Es un “no” que exonera a tantas personas que, a lo largo de los tiempos y hasta hoy, han sido vistas como víctimas y culpables al mismo tiempo, o como brujas y gente malintencionada a quienes se ha considerado la causa de muchos males. Jesús plantea a sus interlocutores el problema esencial: ¿qué están haciendo con su vida? ¿Están dispuestos a cambiar? No atender a este llamado significa abandonarse al mal y a todas sus consecuencias devastadoras.
Jesús insiste y él mismo pone otro ejemplo, aunque en este caso se trata de un accidente y no de la crueldad de un gobernante: la torre, que probablemente sostenía el acueducto, se derrumbó y mató a muchas personas. También aquí, un “no, les digo” frena de inmediato cualquier suposición de culpa. Y de nuevo, la conclusión: “Pero si no se convierten, todos perecerán de la misma manera”.
Lo esencial, dice el Evangelio, es que cada uno tome en serio la cuestión de su propia conversión, porque de ello depende el éxito o el fracaso final de su vida.
A esta urgencia responde la parábola: se nos da una última oportunidad para dar frutos, y es ahora, este es el tiempo, el año para dar un giro decisivo a nuestra vida. Sabiendo que esto es fruto de la misericordia de Dios. Existimos para dar fruto: esto es lo que parece haber olvidado el árbol estéril. Sin embargo, más allá de todo mérito, recibe un tiempo adicional, ¡tan valioso!
A menudo, también nosotros nos limitamos a la información y evitamos la cuestión fundamental, aquella que resuena en las primeras páginas del Génesis: “Adán, ¿dónde estás?”. Aprovechemos esta Cuaresma para mirarnos a nosotros mismos y, si es necesario, con Su gracia, dar un giro en nuestra vida.
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Teresina Caffi
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21 Marzo 2025
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