En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
"Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman… Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes; porque si aman solo a los que los aman, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores prestan a los pecadores para recibir de ellos lo mismo."
Meditando sobre esto, me digo: ¡Qué difícil es hacer lo que Jesús nos pide! Muchas veces, ante acontecimientos dolorosos e injustos, lo primero que aflora en nosotros es el lado humano, que nos lleva a creer que tenemos derecho a alejarnos de quienes nos difaman o a negar el saludo a quien no nos saluda.
Sin embargo, si me dejo tocar el corazón por la Palabra de Jesús, que está viva, percibo y creo que este es el camino que Él nos muestra en su Evangelio: amar a mi enemigo... Pero es muy difícil; creo que, por mis propias fuerzas, no puedo. En este momento, recuerdo el pasaje del Evangelio de Lucas (18,18), sobre el joven rico: "Maestro bueno, ¿qué debo hacer para ganar la vida eterna?" Jesús le dijo: "Solo una cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres". Él se fue triste porque tenía muchos bienes. Jesús entonces comentó: "¡Qué difícil es que un rico se salve!" Los que escucharon dijeron: "Entonces, ¿quién podrá salvarse?" Y Jesús respondió: "Lo que es imposible para el hombre es posible para Dios".
Necesitamos dejarnos ayudar por nuestro Padre Dios para ser coherentes en nuestra vida de fe. Como dice la Primera Carta de Juan (4,20): "Si alguien dice: ‘Amo a Dios’, pero aborrece a su hermano, es un mentiroso".
Jesucristo desea que, así como hemos conocido a un Dios compasivo, no permitamos que esa compasión divina se detenga, sino que, a través de nosotros, sea transmitida a nuestros hermanos y hermanas.
Somos hechos a imagen y semejanza de Dios. Es decir, el aspecto en el que más podemos parecernos a Él es practicando la misericordia: amando de manera gratuita, sin esperar nada a cambio, creciendo en paciencia y compasión con nuestro prójimo.
El mandato de Cristo de amar a nuestros enemigos nos deja desconcertados; sin embargo, en sus palabras podemos descubrir cómo ha sido y sigue siendo Dios con nosotros. Él nos ofrece una promesa de transformación para nuestras vidas, muchas veces tibias y mediocres. Como dice el profeta Ezequiel (36,26): "Transformaré el corazón de piedra en un corazón de carne".
"No juzguen y no serán juzgados... No condenen y no serán condenados... Perdonen y serán perdonados... Den y se les dará..."
Humanamente, tendemos a hacer juicios y a condenar por algún hecho. Esto significa ponernos en el lugar de Dios, pero solo Él es dueño de la vida de cada persona. Nuestro Padre no juzga por apariencias; Él ve el corazón (1 Samuel 16).
Nos corresponde aprender de Él, seguir su Palabra y amarla. Pidámosle con humildad que nos enseñe a ver a todas las personas como Él las ve, a amarlas como Él las ama y a ser misericordiosos como Él lo es con nosotros.
Señor, ayúdanos para que no seamos indiferentes ante nuestros hermanos y hermanas que viven en la exclusión, que tienen hambre, frío, que no tienen techo y son rechazados por la sociedad. Que no olvidemos a quienes han perdido la esperanza y sus sueños.
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Ma. Guadalupe Durán
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21 Febrero 2025
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