En este IV Domingo de Adviento la liturgia nos presenta este maravilloso texto de Lucas que escribe desde el gozo y la esperanza. Ya casi llega el momento esperado. Estamos cerca del acontecimiento fundamental en el Evangelio que abunda en detalles sobre el nacimiento de Jesús. La anunciación, el relato de la visita a Isabel, hace que María sea la gran protagonista del inicio del Evangelio de Lucas.
La visita de María a su prima Isabel está llena de simbolismo teológico. María se vuelve portadora de la Nueva Alianza. María se encaminó presurosa al pueblo en la montaña de Judá, tal y como lo realizara el Arca de la Alianza en los tiempos antiguos. En este excepcional Icono vemos a María como una mujer valiente, toma decisiones y las realiza saliendo “de prisa” a visitar a su prima Isabel, que a su vez ella la bendice por ser mujer de fe y de palabra puesta en práctica.
Isabel quedó llena del Espíritu Santo
Dos mujeres llenas del Espíritu Santo, dos saludos, dos vientres, dos hijos por nacer, con sus respectivos simbolismos, anuncian la presencia de Dios en medio de la comunidad. Dos mujeres anuncian la llegada de los tiempos mesiánicos que serán fuente de alegría para los excluidos. Lucas le da gran importancia al saludo que María le da a Isabel, porque de acuerdo con las costumbres, Isabel es mayor, es hija de Aarón, y es esposa de un sacerdote. Sin embargo, María es quien lleva en su vientre al Salvador. La bendición del vientre que hace Isabel de María, hace referencia a las bendiciones que se mencionan en Deuteronomio 38. La fecundidad era sinónimo de bendición, de la presencia de Dios que cuida y protege la vida de la mujer vulnerable. En los tiempos bíblicos, el índice de mortalidad era muy elevado, así que la fecundidad de la mujer era sumamente valorada, mientras que la esterilidad estaba asociada al castigo y al pecado. Isabel comienza reconociendo a María en el lugar donde todo comienza, el vientre, la fecundidad, la vida misma.
Queremos recordar aquí unas palabras de Monseñor Óscar Arnulfo Romero, su homilía del Cuarto Domingo de Adviento, el 23 de diciembre de 1979: “Como un gran honor a la mujer quisiera decir: que toda mujer embarazada es Adviento. Es anuncio de una vida que llega. Y por eso, ¿cómo va a difamar y a ultrajar la Iglesia la figura de la mujer? Al contrario, la enaltece y la engrandece, y quiere defenderla de todo lo que la ultraja y la hace menos grandiosa. María se presenta en el Evangelio de hoy fecunda de esta salvación que ya ha venido y que va en sus entrañas. “Dichosa porque has creído -dice el evangelio que saluda Isabel a María-, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá, …”.
La madre de mi Señor
Isabel la llama la Madre de mi Señor. ¡Qué encuentro más maravilloso el de estas dos mujeres! El título que le da Isabel a María, “madre de mi Señor,” es sin duda honorífico. El término Kyrios/Señor es usado por Lucas para referirse a Dios (Lc 1:6, 9, 11, 15, 16, 17, 25); Este es el único lugar en todas las Escrituras Cristianas en que se le da a María el título de “madre de mi Señor.” Isabel aquí se entrega en fidelidad al futuro Señor que María lleva en su vientre. De esta manera el hijo de Isabel servirá y preparará el camino del único Señor, llamado Jesús.
Isabel también la reconoce como una makaria/bienaventurada por haber creído, por ser “la que creyó” en el Dios de la vida. ¡María no es solo bendita por ser fecunda, sino por ser mujer de fe! En este contexto, la madre de Jesús es bienaventurada porque ha creído, apareciendo aquí como la primera de toda la comunidad creyente. María, es modelo de fe, de vida cristiana, no solo porque engendró a Jesús, sino por su fe puesta en práctica. Isabel, en cambio, ha comprendido: ha recibido el Espíritu Santo y puede hablar con palabra de mujer, de madre fecunda, a otra mujer fecunda (María), que ahora es también “la madre de mi Señor”.
¡Dios es amor y vive! Bonitas estas palabras sobre la vida: Él está aquí y nos acompaña a través del difícil arte de vivir. Como dijo Pedro Casaldáliga: “Nacer y morir es fácil. Lo difícil es vivir”… Y Él (Jesús) es la memoria, la ayuda, el nacimiento de una nueva era, la era de la esperanza.
La Alegría
Sabemos de antemano que la alegría es una preocupación de nuestros pueblos y sin lugar a dudas de nuestro Dios. La llegada de Juan anunciada por el ángel será un motivo de gozo y alegría para el propio Zacarías, pero también para muchos más, la alegría también aparece cuando, luego del saludo entre las dos mujeres, el bebé de Isabel salta en su vientre. Muchas veces asociamos a Juan el Bautista con una persona seria, dura, estricta, y lo vaciamos de ese contenido de alegría que el texto también señala cuando se refiere a su persona. Juan era un ser que venía a traer alegría, porque el encuentro de estas dos mujeres produce alegría, y no solo eso, produce también el canto más bello de la Biblia en boca de María. María muestra su alegría porque Dios mira a una mujer humilde, derriba a los poderosos y levanta a los humildes. Y después de este relato, Lucas nos cuenta que la alegría se “contagia” ya que el nacimiento de Juan es motivo de alegría entre vecinos y parientes.
¡Y el evangelio es alegría! Nos lo recuerda tantas veces Papa Francisco porque la alegría se construye cuando alguien recupera vida, cuando alguien regresa, cuando alguien es perdonado. La alegría es un tema que recorre todo el evangelio y marca una forma de comprender el seguimiento a Jesús.
Tener en cuenta la Alegría en este tiempo de Adviento, ya es una preparación para la Navidad, es una linda forma de celebrar la venida de Jesús que a la primera que llenó de alegría fue a su madre y a través de ella a la humanidad entera.
-
Elisa Silva
-
21 Diciembre 2024
-
Visto 187 veces

