En este último domingo del año litúrgico, celebramos la fiesta de Cristo Rey. Jesús se presenta ante el representante del emperador romano, pero no tiene nada que ver con el título de rey que Pilato quiere atribuirle. Él es rey, pero no como los reyes de este mundo: siempre se ha mostrado como aquel que vino para servir. El Cristo de los evangelios anunció el Reino y evitó presentarse como rey para no ser confundido con los soberanos de la tierra. Y si la Iglesia lo celebra como rey, se trata de un rey único, diferente, sin patria ni corona, sin caballos ni soldados. Es un rey servidor, un rey pobre. Y para entrar en el Reino que Él promete, hay que luchar para que se conviertan en reyes... los pobres, los pequeños, los excluidos, los no amados.
En el evangelio de Juan, como en los sinópticos, la Pasión de Jesús está marcada por el signo de su reinado. ¡Pero atención! Es un reinado bastante paradójico: “Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no fuera entregado a las autoridades de los judíos. Pero mi reino no es de aquí” (Jn 18,36). El Reino de Jesús no se asemeja a las organizaciones políticas, donde todos están obligados a servir a uno solo, donde el poder de uno implica la humillación o la sumisión de los demás. En este reino, el que sirve es quien reina: ¡quien quiera ser el más grande, sea el que sirva a todos! Y su ley es la del servicio mutuo, para construir su Reino de justicia y paz.
Por otro lado, dado que el título de rey es ambiguo, el Jesús del evangelio de Juan toma distancia. Ante la pregunta afirmativa de Pilato: “Entonces, ¿tú eres rey?” (Jn 18,37), Jesús responde: “Tú lo dices: yo soy rey” (Jn 18,37). Jesús no rechaza el título, pero especifica su contenido: “Yo he nacido y he venido al mundo para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37). La verdad, en Juan, no es una realidad abstracta o intelectual, sino una persona: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). La verdad bíblica es sinónimo de fidelidad: fidelidad al Dios de la Alianza, a sus promesas de liberación, a su compromiso con los pobres, los pequeños, los heridos de la vida, los olvidados, los excluidos.
El Cristo, rey del universo, no tiene otro poder que el del amor incondicional que lo convierte en Testigo de la Verdad. Este reino aún no está plenamente realizado porque todavía no hemos encarnado en nuestra vida esta verdad. Con frecuencia proyectamos nuestros deseos de omnipotencia... y eso retrasa la llegada del Reino de Dios al mundo. Irónicamente, es Pilato, símbolo supremo del poder humano, quien hará colocar en la cruz de Jesús la inscripción que lo designa como el rey de los judíos. Sin embargo, ¡el único reino de Jesús es el de un crucificado!
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Lindomar Teixeira
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22 Noviembre 2024
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