Skip to main content

Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Una ofrenda que hace temblar


La imagen que nos introduce al evangelio de hoy es una pintura de Elisa Galardi, titulada “Una ofrenda que hace temblar”. En realidad, lo que hace temblar es ese “todo”, que me remite a otra imagen: la que nuestro fundador, el padre Giacomo Spagnolo, envió a Celestina Bottego en la Pascua de 1944 para invitarla a decir su “sí” total en la fundación de la Obra junto a él: una simple postal con el Cristo crucificado de Velázquez y, al reverso, solo la palabra “Todo…” por lo que escribió: “Son hijas de un pensamiento de totalidad”.

También en este relato Jesús quiere tocar el corazón de los discípulos con una pequeña imagen, una miniatura: quiere detener y fijar para siempre el gesto de esa mujer, vincularlo a lo que él mismo vivirá poco después, su Pascua. En Marcos, se insiste en hacernos entrar en el sentido de la pasión a través del gesto de una mujer, que encontramos en el relato de la mujer que unge la cabeza de Jesús (Mc 14,1-11), donde se agrega el juicio humano del desperdicio. Pero aquí la mujer no tiene un tesoro para desperdiciar (aceite de nardo purísimo), solo tiene dos moneditas, a las cuales está vinculada toda su vida.

Es una viuda, pobre, inútil, el eslabón más frágil de la sociedad. Ni siquiera es una “admiradora” suya, no está haciendo algo por Él, quizás ni siquiera sabe de su existencia. Jesús recoge precisamente ese hermoso gesto de caridad oculta en el que, al no poder dar mucho, se da uno mismo, confiándose al cuidado de Alguien. La elige como maestra para explicar cómo se entrega uno a Dios. Es como si Jesús quisiera señalar a sus discípulos y a nosotros el destino de la iglesia, que en su viudez (el Esposo será visiblemente arrebatado), en la pobreza tanto de poder como de riqueza, puede donar todo lo que tiene, a sí misma. Además, la iglesia debe aprender a observar y recoger, fuera de ella, entre los no cristianos, los gestos de amor, incluso los más pequeños y ocultos.

Hoy nuestras iglesias están cada vez más vacías, más frágiles, impotentes ante el alejamiento de tantos jóvenes. A veces nos sentimos como esa pobre viuda, sin riquezas para ofrecer. No tenemos aceite perfumado para acompañar al Señor en su pasión; no tenemos las fuerzas, quizás ni siquiera las competencias para anunciar la esperanza en un mundo desgarrado por guerras e injusticias. ¿Qué podemos dar a Dios y a los demás en este tiempo de crisis? ¿Cómo podemos calentar el corazón, especialmente de nuestros jóvenes, congelado por miedos e inseguridades, con la promesa de un Dios cercano? Pero cuando las fuerzas nos abandonan y no tenemos medios, cuando pensamos que somos inútiles, descubrimos que Dios piensa de manera diferente a nosotros y tiene una buena noticia: no nos salvan la riqueza ni el poder, sino la vida ofrecida, arriesgada, no retenida. Jesús ve a los muchos que dan mucho, pero señala como ejemplo solo a una mujer, quien no tiene nada y lo da todo. Una iglesia pobre en medios, en recursos, en fuerzas, en fieles, no solo no es despreciada por Jesús, sino que es vista en su oportunidad de donación total de sí misma, de ofrecer su cuerpo en el Cuerpo de Cristo... para ser presencia real del Resucitado, vivo entre nosotros. Entonces hay esperanza para nosotros, para nuestra Iglesia, mientras una sola persona pueda hacer AÚN el gesto de esta viuda, que hace temblar. Entonces hay esperanza para la misión. Jesús se sirve de nosotros, de nuestro cuerpo, si confiamos en Él y le damos Todo.

  • Antonella Del Grosso
  • 08 Noviembre 2024
  • Visto 329 veces