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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Esperanza en el camino


En la última etapa del camino de Jesús hacia Jerusalén, donde se consumará la Pasión, se manifiesta la fe de una mujer cananea (7,29); y luego, la fe del hijo de Timeo, un judío ciego, en la ciudad de Jericó. Por un lado, tenemos la fuerza de la fe de una pagana, y por otro, la fuerza de la fe de un judío. Se trata de un ciego que no lo ha sido desde su nacimiento. De hecho, a la pregunta de Jesús: “¿Qué quieres que haga por ti?”, él responde: “¡Que pueda ver de nuevo!” (10,51).

Marcos, al presentarnos al hijo de Timeo, nos invita a darnos cuenta de que estamos frente a un personaje tanto simbólico como real. Alguien que antes veía, pero que ahora ya no puede ver. Alguien que ha perdido todo apoyo, siendo víctima de la frustración y la depresión, ahora vislumbra una solución. Alguien que había perdido el deseo de reaccionar y enfrentarse a la vida, dedicándose solo a pedir limosna, ahora percibe que su situación puede cambiar. Su sufrimiento lo ha mantenido alerta hasta que escucha hablar de Jesús, el Nazareno (10,47).

Al oír que Jesús pasa por su camino, no se contiene más, porque una chispa se ha encendido en su corazón. Cree que este Jesús puede ser el Mesías, el Hijo de David, esperado por todos. De ahí su grito explosivo: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!” (10,47). Esta es la oración de los pequeños y los pobres, quienes, día y noche, sin cesar porque su necesidad es constante, claman al Señor y depositan en Él su esperanza. No es una petición cualquiera, sino una hermosa oración que invoca la piedad, la misericordia y la ternura de Dios.

Jesús no es indiferente a la voz del débil. Su respuesta es una llamada: “¡Ánimo! Levántate, te llama” (10,49). El llamado a dejar la postura de estar sentado y ponerse en movimiento, a no seguir viviendo en una condición de pasividad, para adquirir la misma postura de Jesús que está de pie, es acogido con entusiasmo por Bartimeo, el prototipo del verdadero discípulo. Siempre es el Señor quien llama, pero se sirve de otras personas, que llevan la Palabra, una Palabra viva, eficaz y creadora que hace posible el encuentro directo con Jesús y abre al diálogo.

Esto mismo ocurre con cualquiera que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica. Escuchar la Palabra de Dios no lleva al vacío, no conduce a un imaginario psicológico; el escuchar conduce al encuentro personal con el Señor, como sucedió con Bartimeo. Jesús no le arroja unas monedas, aunque sean necesarias, para luego seguir su camino. No, se detiene, le habla, muestra interés por él y su situación, y le pregunta: “¿Qué quieres que haga por ti?” (10,51).

Bartimeo, sin perder tiempo ni usar palabras innecesarias, como antes había orado con sencillez, le dice: “¡Maestro, que pueda ver de nuevo!” (10,51). No se desvía ni miente; le pide lo que más necesita: la vista.

Muchos jóvenes, como Bartimeo, buscan una luz en sus vidas. Buscan un amor verdadero. Y como Bartimeo, entre la multitud, claman solo a Jesús, pero a menudo encuentran solo falsas promesas y pocos que realmente se interesen por ellos.

No es cristiano esperar que los hermanos que buscan llamen a nuestras puertas.

Debemos ir hacia ellos, no llevándonos a nosotros mismos, sino a Jesús. Él nos envía, como a aquellos discípulos, a animar y levantar en su nombre. Nos envía a decirle a cada uno: "Dios te pide que te dejes amar por Él".
Señor, haz que nuestros ojos y oídos estén listos para ver y escuchar el clamor de quien sufre, de quien llama, de quien necesita, de quien está sentado al margen del camino.

  • Lupita Pacheco
  • 25 Octubre 2024
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