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Misioneras de María
XAVERIANAS

Podcast

Maravilla viva!


Con estas palabras, la Colecta dispone el corazón y la mente para acoger la Palabra del XIV Domingo del T.O.

Continuamos escuchando el Evangelio según Marcos y, hoy, meditamos sobre la conclusión de su tercera sección.

Mientras que el cuadro anterior se cerraba con la dura reacción de las autoridades, que deciden matar a Jesús, en estos versículos el telón se abre sobre el rechazo de la gente de su propio pueblo, incluso de sus familiares.

La incredulidad cierra el corazón, ciega incluso a los más cercanos a él. El Misterio de Jesús choca y rebota contra el corazón endurecido del que el espíritu habla a Ezequiel, como escuchamos en la primera lectura (Ez 2, 2-5). Se convierte en “escándalo” para los judíos y “locura” para los que se creen sabios (1 Cor 1,22s.).

Este episodio, hoy, nos recuerda que no es suficiente ver, tocar y conocer a Jesucristo; es necesario ver, tocar y conocer en la fe. El Evangelista es generoso al dibujar a los personajes y, como de costumbre, nos pone en contacto con sus sentimientos. Aquí está el asombro y la incredulidad en la gente, por un lado, y la maravilla en Jesús, por otro.

Más precisamente, en los versículos 2 y 3 resuenan muchas preguntas. Inicialmente, el evangelista escribe que “muchos se asombraban”, explicando las razones de este asombro ante las acciones y las palabras de Jesús. Frente a tal incredulidad, sin embargo, Jesús se maravilla.

Si la multitud pasa del asombro a la incredulidad, el corazón de Jesús está habitado por la amarga desilusión, fruto de la dureza y la ceguera de sus familiares hacia él.

Generalmente, el vocabulario de Marcos es bastante limitado, pero en este caso hay varias palabras para expresar la sorpresa, el temor con el que la gente y los discípulos reaccionan a las acciones y palabras de Jesús.

La intención no es tanto describir la reacción de los personajes ante los eventos de los que son testigos, sino expresar su conciencia de ser testigos de una manifestación “otra”. Se trata, de hecho, de algo que no saben explicar según sus criterios y no pueden rastrear el origen.

Es, justamente, lo que conocen de Jesús lo que hace de obstáculo. La gente sabe de quién es hijo y hermano, por eso no puede aceptar a Dios en la persona concreta de Jesús. En otras palabras, la razón de la incredulidad radica en la decepción de que todo el poder de Dios pueda manifestarse en un “simple” carpintero.

Solo el salto de fe permite el vuelo, el impulso necesario para superar el obstáculo del escándalo. Recordemos, de hecho, que en los versículos anteriores (3, 35) Jesús presentó a su “verdadera familia”, declarando que su madre y sus hermanos son “quienes cumplen la voluntad de Dios”.

La Palabra de este XIV Domingo del T.O., nos invita, por tanto, a buscar y amar al Señor en todo y a vivir todo en Él. Esta búsqueda puede revelarse como un camino estrecho y tortuoso, especialmente cuando se desarrolla en la simplicidad de la vida cotidiana. Allí donde Dios respira en secreto y donde, a veces, se nos pide aprender el arte de la provisionalidad.

No es casualidad que Jesús no sea reconocido en Nazaret, donde su vida es extraordinariamente simple. Precisamente allí, donde nadie miraría, está escondido el mensaje: el espacio de lo cotidiano, la existencia anónima, la filigrana de las pequeñas cosas son decisivas para aceptar o rechazar la presencia de Jesús.

Recientemente hablaba con una amiga de cómo el Espíritu Santo siempre viene para llevarnos hacia lo ordinario. Es curioso, considerando que no hay nada más extraordinario que el aliento de Dios. Y, sin embargo, así lo quiere la Sabiduría de la Iglesia, que los dos tiempos fuertes del año litúrgico siempre concluyan con la venida del Espíritu: la Navidad con el Bautismo y la Pascua con Pentecostés.

La vida del “discípulo misionero” es todo un acto de fe, para dejarse iluminar y llevar por el Espíritu a donde Él desee. Porque Él sabe bien lo que se necesita, en cada época y en cada momento (EG 280).

Bernardetta Boggian lo escribe con palabras extremadamente claras, en esta su carta de 1980:

Creo que la primera actitud interior de nosotros los misioneros debería ser la de una fe viva, casi sensible, en el Dios presente en la historia de este pueblo. Solo entonces quizás seremos capaces de intuir y señalar los signos del “Dios-con-nosotros” presente en su vida y encontrar también un lenguaje comprensible para que la Buena Nueva sea escuchada y acogida. Es cierto que la encarnación y la inculturación del mensaje exigen una contemplación diaria de Dios, para que este mensaje se convierta, ante todo para nosotros, en una “buena noticia”, motivo de esperanza y de alegría.

  • Simonetta Caboni
  • 06 Julio 2024
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