Al atardecer de aquel mismo día, los discípulos ya habían escuchado las palabras de las mujeres que habían visto a Jesús, pero ellos seguían encerrados, pues tenían miedo de padecer la misma suerte de Jesús, tenían miedo del sufrimiento, del fracaso, estaban llenos de dudas. Jesús, como nos dice el Evangelio, se presentó en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Jesús toma la iniciativa y entra allí donde están reunidos, al verlo, los discípulos sintieron esa confianza profunda porque no solo habían escuchado a las mujeres, sino que veían a Jesús, sintiendo así una grande alegría.
La paz de Jesús, no es esa paz que es ausencia de violencia, de conflicto o de persecución, no, sino todo lo contrario, el Shalom de Jesús significaba en ese momento, sentirse en una relación de harmonía con Él y con los que están allí reunidos, es hacer la experiencia profunda del espíritu de familia, es sentir esa confianza, los unos con los otros, es el inicio de una aventura juntos, que solo puede vivirse si existe esa paz que recrea la harmonía entre las relaciones que es un don de Jesús resucitado. ¡Sería imposible para nosotros, construir con nuestro propio esfuerzo, una paz así!
La paz de Jesús va más allá de nuestros miedos, nuestras heridas, acusaciones, condenaciones, fracasos, porque nos comprende, nos acepta y nos ama. Como dice la Escritura: Siendo el mismo probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados. (Heb. 2,18). Vivir relaciones siempre nuevas con aquellos que vemos, escuchamos y amamos es vivir en familia, en comunidad, la experiencia cotidiana de la Resurrección.
Como expresión de su presencia permanente, Jesús regresa ocho días después. Aquí encontramos al apóstol Tomás, podemos pensar que no es Jesús que provoca su incredulidad sino los mismos discípulos que siguen reunidos en la habitación de arriba, encerrados, con miedo, y no encuentra en ellos una comunidad creíble.
Juan en su Evangelio nos presenta un Tomás valiente, fiel, que ama a Jesús, es el único que en la última cena le dice: “No sabemos a dónde vas, ¿Cómo podemos saber el camino? No podía seguir a Jesús a menos de saber a donde va y como. Los demás estaban en silencio. Tomás era espontáneo, sencillo, leal, recto, realista, franco, y quería saber lo que pasaba.
En la primera aparición de Jesús Tomás estaba ausente, probablemente es el único que había vencido el miedo o podríamos decir, el más temerario. Cuando él llega con ellos, le dicen que han visto al Señor, sin embargo, él se pregunta: si ya lo vieron, ¿Por qué siguen encerrados? Si recibieron el Espíritu Santo, ¿Qué están esperando? ¿Por qué no puede ver en sus rostros la alegría? Sencillamente, Tomás no les cree, no le parecen creíbles. No cree en sus amigos, así como ellos no creyeron en el anuncio de las mujeres.
Ocho días después, Tomás vive la experiencia de tocar y ver al Resucitado, expresa su profesión de fe: “Señor mío y Dios mío”, entiende que es porque cree en Él, que lo puede ver afirmando mucho más de lo que ve. Jesús, al encontrarse con Tomás, lo invita a ir más allá de sus dudas dándole una gran confianza: “No seas incrédulo, sino creyente”. Tomás ya no siente la necesidad de verificar las pruebas porque ahora sabe que Jesús lo ama y lo invita a confiar en Él y en su comunidad.
El camino de fe de Tomás es el camino de tantos de nosotros, que necesitamos descubrir que muchas de nuestras dudas de fe pueden encontrar respuesta en el encuentro sincero de nosotros mismos con Jesús y en el diálogo constante con la comunidad de creyentes donde Dios nos ha puesto. Una familia que nos puede ayudar a salir de una fe superficial hacia una experiencia más profunda de fe en el Misterio Pascual.
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Elisa Silva
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05 Abril 2024
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