En este texto del primer domingo de Pascua, la liturgia nos presenta tres personas diferentes, tres discípulos que los une en una misma experiencia: el Amor único y personal por el Maestro y el dolor profundo por su muerte: Maria Magdalena, Pedro y Juan el discípulo que Jesús amaba.
Los discípulos de Jesús eran hombre y mujeres como nosotros y no eran ni héroes ni santos. Discípulos que en el momento de la Pascua eran prisioneros de la experiencia dramática de la muerte de Jesús, un duelo sin precedentes, e incapaces ellos mismos de liberarse de tal experiencia. Ciertamente Jesús sabía que ellos no eran perfectos, porque los aceptó, así como eran. Y fue allí en el corazón de su más grande pena, de sus angustias, miedos y dudas que Jesús Resucitado entra en la realidad de sus corazones, en la realidad de sus vidas. Cada uno diferente, porque diferente fue la experiencia personal con El.
Sería hermoso poder entrar en la figura de cada uno de ellos, pero hoy propongo de mirar a María Magdalena, mujer del Alba, que desde el despuntar de la aurora de aquel Domingo, no duda ni un minuto de ir a buscar a su Maestro, con una osada esperanza de ver al menos el cuerpo de su amado. En medio de la oscuridad, ella es la primera que se pone en camino, prototipo de tantas mujeres que, en medio de la oscuridad, antes del alba, se ponen en camino para buscar la vida de aquellos que aman. Porque el amor es sacrificio y eso implica osadía, búsqueda, esfuerzo, que, al llegar a las puertas del sepulcro, ellas mismas como María Magdalena siguen siendo hoy, testigos de la vida, de la luz, de la Resurrección.
Estas mujeres están presentes en todos los pueblos de nuestro planeta, viven en cada rincón del mundo, en cada cultura y son capaces de vivir la Esperanza de un nuevo amanecer, porque, así como Jesús escoge a María Magdalena para ser la primera testigo de su Resurrección, en ella escoge a cada mujer que quiere vivir en fidelidad el proyecto de Dios y la hace su discípula, capaz de anunciar también esta maravillosa Buena Noticia.
Desde siempre Dios sabía del potencial femenino que cada mujer lleva consigo, una capacidad y fortaleza extraordinaria. Y así desde la experiencia del sentir y pensar femenino le dà un don especial, ser la primera testigo de la Resurrección, otorgándole lo necesario para saber buscar alternativas allí donde existe el caos; una empatía y habilidad comunicativa para crear lazos de relación y comunión; le dona un corazón dispuesto para tejer redes de colaboración, de sinodalidad, de sinergias; una apertura a la novedad, a lo nuevo, signo del Espíritu; le regala la Resiliencia que es ese Don para resistir en medio de situaciones aún las más difíciles; le dona la efusión de las lágrimas, la emoción de llorar, de ser sensible, de sentir compasión, de ser humana; lleva en su vida el potencial de la alegría, del gozo que celebra y que mueve a la fiesta, a la armonía, a la comunión.
Todos estos dones, sentimientos, capacidades y potenciales que brotan cuando la noche desaparece, cuando las tinieblas se disipan, cuando se quitan las rocas que aprisionan la vida para permitir al Espíritu que allí donde está ella, Él pueda habitar.
En Maria Magdalena Jesús vuelve a escoger a esa mujer que todos los días al alba de la historia tiene la osadía de romper la noche y vivir su Misión abierta al Espíritu siendo capaz de fecundarlo todo, haciendo con Jesús, nuevas todas las cosas.
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Elisa Silva
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31 Marzo 2024
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