Durante el tiempo de Cuaresma, a menudo somos invitados a realizar algún gesto, a llevar a cabo alguna acción práctica que nos ayude a ponernos en la perspectiva de caminar con el Jesús sufriente. La limosna, la oración, el ayuno son ciertamente los pilares de este tiempo fuerte y significativo en nuestra vida de fe. Siguiendo esta línea, el Evangelio que se nos ofrece para la quinta semana de Cuaresma nos invita a detenernos primero en los deseos.
"Señor, queremos ver a Jesús". Este es el deseo expresado por algunos griegos durante una festividad, en un momento de oración, a Filipo. Si nos detenemos en el significado etimológico de la palabra "deseo", descubriremos que proviene del latín, compuesta por dos palabras "de" y "sidus", que significa la falta de algo que es fundamental, vital, de lo que no podemos prescindir. Podría ser algo que antes teníamos, pero que ahora no está en nuestro poder.
Lo que a estos griegos les faltaba intensamente era la posibilidad de ver a Jesús, estar cerca de él, escucharlo, tocarlo. Probablemente, ya habían oído hablar de él o incluso lo habían encontrado o escuchado antes. Es por eso que ahora no pueden prescindir de él y sienten el deseo de encontrarlo, con la solicitud explícita: "queremos ver a Jesús".
Esta solicitud llega a Jesús a través de un intermediario, Felipe y Andrés, y la respuesta no tarda en llegar. Estos griegos, de los cuales no sabemos mucho, tienen la certeza de encontrarse con Jesús, pero con una condición: "Quien ama su vida, la pierde; quien desprecia su vida en este mundo, la conservará para una vida eterna". En otras palabras, la "conditio sine qua non" para ver a Jesús, para que este deseo se haga realidad, es la cruz. Solo aceptando la lógica de la cruz, habrá la posibilidad de encontrarse con Jesús y compartir con él la propia vida.
Pero para que este deseo se haga realidad, se requiere la capacidad de buscar, de cuestionarse y, sobre todo, de pensar según la lógica de Dios, que es la de adoptar la actitud de quien sirve, siguiendo el ejemplo de Jesús mismo: "Si alguien quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí también estará mi servidor". Aquí está la certeza de que no solo podremos ver a Jesús, sino también estar con él, vivir con él, ser uno con él.
Una pregunta que podemos hacernos, iluminados por la experiencia de estos griegos, es: ¿qué deseos habitan en nuestro corazón? ¿Qué o a quién deseamos ver, encontrar, tocar? El deseo es el punto de partida fundamental que nos impulsa a buscar algo que nos falta y que sabemos que puede hacer nuestra vida más plena, con un significado más profundo. El deseo es el motor que nos impulsa, nos estimula, nos sacude.
Es a partir de este deseo que muchas personas de diferentes religiones, o sin ninguna religión, en algún momento se acercan a nosotros, misioneros, y nos dicen de muchas maneras diferentes: "háblanos de Jesús, cuéntanos lo que le sucedió, queremos conocerlo, hay algo en él que nos atrae". Nos corresponde no solo cultivar y renovar en nuestro corazón este profundo deseo de Jesús, sino también acompañar a otros a encontrarlo. Como Felipe y Andrés, estamos llamados a ser intermediarios entre Jesús y aquellos que desean encontrarlo.
El deseo de ver a Jesús es compartido por muchos hombres y mujeres que quieren algo más, que no se conforman con lo que tienen, que sienten que les falta algo. Es a través de esta compartición que la aceptación de la cruz se vuelve posible, se convierte en realidad.
El misionero no hace más que compartir su profundo deseo de ver a Jesús en las calles del mundo, consciente de que en el fondo del corazón de cada persona está presente este deseo de encontrarse con quien puede cambiar su vida. Junto a este deseo, ya está la certeza de que Dios ya está con nosotros, lo vemos, lo escuchamos, lo contemplamos.
¡La Pascua se acerca, finalmente nuestro deseo será cumplido!
-
Alex Brai sx
-
15 Marzo 2024
-
Visto 374 veces

