La parábola de las diez vírgenes es parte de uno de los últimos discursos que Jesús pronuncia antes de la pasión.
El lenguaje del Maestro revela el sentido de la espera y llega puntual en estos meses del año. De hecho, la aproximación del invierno nos lleva a los días más oscuros, y el acercamiento al tiempo litúrgico de Adviento nos pone en espera de la Verdadera Luz: la Luz que el Pueblo recibirá en la Santa Navidad.
La primera lectura (Sb 6, 12-16) anuncia, además, una presencia radiante que precede a aquellos que la buscan (Quien se levanta temprano por ella no se fatigará, la encontrará sentada en la puerta. (...) Quien vela por ella estará pronto sin aflicciones), y en la segunda (1 Tes 4, 13-18), Pablo escribe que la vigilia precede a la escucha de la voz del arcángel que nos llevará hacia lo alto, donde encontraremos al Señor para estar con él, por siempre.
Parece que la liturgia de la Palabra de este XXXII domingo del Tiempo Ordinario expresa el sentido de nuestra existencia: un peregrinaje para encontrarnos con el Señor, un viaje hecho de caminar y descansar, de espera, precisamente, en la senda del Amado.
Quien espera está completamente atento y es común esperar a Aquel que merece atención. En el encuentro entre la espera y la atención brotan, entre otras cosas, la súplica y el cuidado.
La súplica como una actitud de búsqueda constante e invocación de la Presencia esperada; y el cuidado por las personas y las cosas, las pequeñas y las grandes.
Al presentar a las diez jóvenes, el Evangelio revela la importancia del aceite. Mejor dicho, Jesús explica cuán determinante es acoger y llevar consigo el don del Espíritu, es decir, el aceite que otorga luz.
Como en la parábola es el aceite lo que distingue a las sabias de las insensatas, así en nuestra vida es el aceite lo que marca la diferencia. De hecho, se dice que todas las diez vírgenes se quedan dormidas; pero solo algunas viven ese instante eterno en el que son reconocidas y admitidas.
Es el Amor, el aceite que ha llenado los frascos paso a paso, lo que nos hace reconocibles: el Amor nos hace entrar cada vez más plenamente en el misterio de Cristo salvador.
En el amor no se puede ser mediocre ni vivir de rentas. La elección de la imagen de las antorchas nos hace pensar en esto. Jesús no hace referencia a linternas, pues la luz sería demasiado débil.
Las jóvenes, en cambio, toman las antorchas: resplandecen, luminosas y fuertes, porque están encendidas a la luz de Cristo y alimentadas por el aceite del Espíritu Santo, el Amor con el que Dios mismo arde y que Jesús nos comunica.
Como escribió N. Cabasilas en la vida en Cristo:
"Es Cristo quien nos da la capacidad de caminar. Es el camino, la parada y nuestro destino final".
Cuando recibimos al Espíritu, el regalo que Jesús nos ha prometido y que da a aquellos que lo invocan, las antorchas arden, se abre el camino y caminamos, en la senda del Amor, en una espera hecha de presente, de momento a momento, hasta la meta final.
-
Simonetta Caboni
-
12 Noviembre 2023
-
Visto 674 veces

