La liturgia de este domingo nos propone la continuación del discurso de Jesús en la última cena que leímos el domingo pasado, del Evangelio de Juan. Son textos tan llenos de luz que a veces nos quedamos cegados e incapaces de profundizar más.
El texto de hoy comienza y termina con una declaración de Jesús que une nuestro amor por Él con la "custodia" de sus mandamientos, que ya explicó como "un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado" (Jn 13,34).
Mandamiento y amor parecen cosas incompatibles: para nosotros, quien ama es impulsado por su entusiasmo y no necesita ley, quien obedece órdenes simplemente cumple. En cambio, Jesús nos ofrece este camino simple, fácil y concreto para expresarle amor: entregarnos vitalmente a su Palabra, dejarnos modelar, guiar y orientar por ella.
El amor bíblico es activo, no es una cuestión de sentimientos: los sentimientos son cambiantes, pueden dejarnos plantados... es el famoso "sentir" que a veces nos hace creer en las estrellas y otras veces nos hace experimentar un desierto total. Eso no es lo que importa, dice Jesús: tú, entrégate a mi Palabra, que es la del Padre, y nos sentiremos en casa contigo.
En el corazón del texto se habla de dos presencias. La primera (vv. 16-17) es la del Espíritu. Jesús lo pedirá al Padre por nosotros y Él nos lo dará, un Espíritu que, llamado, interviene, como abogado, como lo había hecho Jesús. En varias ocasiones, en su discurso final, Jesús habla del Espíritu. Aquí lo describe como un regalo del Padre, un Espíritu que penetra las profundidades de Dios y que por lo tanto es verdad. Un Espíritu que los discípulos ya han recibido y conocido: de hecho, Él habita entre ellos y en ellos, y al mismo tiempo es un regalo siempre nuevo que Jesús pide al Padre para que siempre esté "con ellos".
No solo eso, sino que Jesús mismo vendrá hacia los discípulos (vv. 18-20). Jesús evoca un tiempo de separación ("no los dejaré huérfanos"), seguido de un reencuentro para vivir la misma vida: "yo vivo y ustedes vivirán". El mundo no puede ver ni al Espíritu ni a Jesús, pero los discípulos verán al Señor.
Para ellos, esto significará un conocimiento más profundo de él: sabrán que el Hijo está en el Padre y que ellos están en él y él en ellos. Es una vida eterna que comienza para los discípulos con la resurrección de Jesús y el don del Espíritu en Pentecostés, y que encontrará su plenitud en la vida definitiva junto al Padre.
Desde estas alturas, ¿cómo considerar nuestro día a día? ¿Qué luz recibe? ¿Qué orientación? Jesús no promete esta comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo a aquellos que hayan entendido este misterio, ni a aquellos que ardientemente lo amen, sino a aquellos que humildemente, día tras día, caminen con su Palabra en su corazón y en su vida.
A nosotros, un poco perdidos entre estas alturas, se nos entrega una invitacion: vivir día a día un camino de amor cada vez más verdadero hacia el prójimo. Entonces comprenderemos y viviremos cosas que de otra manera serían inaccesibles. Y experimentaremos que entre el cielo y la tierra la distancia se desvanece.
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Teresina Caffi
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13 May 2023
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