El pasaje de Mateo que la liturgia de este tercer domingo de Adviento ofrece a nuestra reflexión es, por tanto, de gran actualidad. Con humilde valentía, debemos preguntarnos a qué Mesías estamos realmente esperando; qué "obras de Cristo" estamos dispuestos a compartir para formar parte de su Reino de "justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rm 13, 17); con qué franqueza proclamamos al mundo que el "niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2,12) es el Salvador, Cristo el Señor, "que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28); con qué coherencia de vida vivimos su nuevo mandamiento: “Amaos unos a otros como yo os he amado […] En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros” (Jn 13: 35).
Sólo así el mensaje de Navidad, alejado de la banalización comercial a la que está tristemente sometido hoy, puede volver a su pureza original y a su mensaje de paz y alegría: «Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a todos».