Mi vida un camino de fe y amor
Mi primer tesoro
Mi vida no se puede resumir en una sola página, pero intentaré ser lo más breve posible.
Me llamo Alma y a los veinte años Dios me regaló mi primer tesoro: un niño, mi primer hijo. Fue mi compañero, mi primer confidente, mi primer maestro, mi primer amigo incondicional. Vivimos experiencias únicas; yo era la mujer más feliz del mundo.
Sin embargo, Dios me lo concedió solo por veintisiete años. Una enfermedad que afectó su corazón lo llevó a la muerte. Las palabras del médico al darme la noticia no las olvidaré jamás. Es el dolor más grande que una madre puede vivir. Me sentí sin vida, vacía, perdida, como si sangrara por dentro del dolor. Aunque tenía a mis otros hijos, era como si yo también hubiese muerto.
Con el tiempo, gracias al Espíritu Santo, comprendí que debía reconstruirme. Con la ayuda de Dios, poco a poco volví a poner mi corazón en su lugar para que siguiera latiendo, mis pulmones en su lugar para poder respirar, y así sucesivamente. Entendí que Dios es el dueño de la vida. Él había decidido llevárselo consigo y sin duda ahora está en el cielo, donde Dios recompensa con la vida verdadera. 🙏🏻
Un nuevo regalo
A los veinticuatro años, Dios me regaló otro hijo: serio, guapo, disciplinado, responsable, tenaz, perseverante y muy inteligente. ☺️
Dios lo eligió para formar una familia. A los veintisiete se casó con una mujer maravillosa; decidieron tener hijos y hoy nos han dado el hermoso regalo de ser abuelos. Es una experiencia extraordinaria. 😍
Un hijo especial
A los veintisiete años Dios me bendijo nuevamente con otro hijo extraordinario: el más tierno, el más dulce, inteligente, noble, con una chispa única. Era mi confidente, mi amigo, mi consejero, un hijo único en esta tierra, el más pequeño. 🥰
Pero a los veinticuatro sufrió un terrible accidente: un balazo en el rostro le dañó la carótida y lo dejó en estado vegetativo. 😔
Fue como si un rayo me cayera otra vez; me sentí destrozada, confundida, en shock. Nunca habría creído que podría revivir ese vacío, ese dolor tan profundo en el estómago. Sin embargo, esta vez entendí que Dios me pedía entregarme por completo a mi hijo. Con la fuerza y la fe que solo Dios concede, y con el amor incondicional de mi marido, pude dedicarme completamente a él.
Lo abrazo, lo siento, lo lavo, lo cambio, lo alimento. Él no mueve nada; no sé si me siente, no sé si me escucha, no sé si sabe dónde está… pero yo sí. Él es mi vida, está en mi hogar, en mi alma, en mi ser. Tengo toda la fe de que un día volverá a sonreír. Solo Dios sabe hasta cuándo y por cuánto tiempo será así. Sé que Dios es el dueño de todo, y yo lo cuidaré cada día como nadie más en el mundo podría hacerlo.
Cada día le rezo a Dios por él; le pido que le dé un poco de conciencia para que tenga una vida mejor. Le digo lo que deseo, pero acepto también lo que Dios decida para él.
Hoy sé que mi vida vale la pena, que mi tiempo y mi esfuerzo valen la pena, porque Dios me dio a mis hijos por un motivo muy grande.
El dolor de la pérdida
Mi historia no termina aquí. A los cuarenta y dos años murió mi madre. Apenas había salido de la convalecencia tras un trasplante de riñón. No pude verla con vida. Salí del hospital y fui directamente a la capilla ardiente. Fui la primera en llegar: la sala estaba vacía, solo estábamos ella y yo, en ese ataúd. Recuerdo ese momento con un dolor que aún hoy quema, un vacío que no logro colmar.
Años después me operaron del intestino: estuve muy grave, pero me salvaron. El médico me dijo que Dios tenía un proyecto para mí.
La fuerza de mi padre
Ahora, a los cincuenta y tres años, mi padre ha sufrido la amputación de una pierna a causa de la mala circulación provocada por la diabetes no tratada. Está a punto de cumplir setenta y nueve años y, gracias a Dios, se está recuperando. Sigue cuidándonos, dándonos ejemplo con su fuerza, su presencia y su optimismo.
Mi fe
La vida no es perfecta. Se sufre, y el dolor es real. Pero la actitud con la que enfrentamos las pruebas es fundamental. Y, sobre todo, la confianza en Dios siempre nos ayuda a ver las cosas con más claridad. Solo sé que el Señor está conmigo y que el inmenso amor de mi marido me sostiene. Sin Él, sola, nunca lo habría logrado.






