Camino de humildad y de fecundidad
Hoy, miércoles de Ceniza, comenzamos el camino cuaresmal: un camino que dura cuarenta días y que nos lleva a la alegría de la Pascua del Señor.
En este itinerario espiritual, estamos invitados a dejar a un lado nuestras mediocridades y a caminar con Jesús hacia la cruz, a estar con él, por él dejarnos conducir para conocerlo mejor, para comprender y acoger el misterio de su amor que se manifiesta en el don total de sí.
En este itinerario humano-espiritual no estamos solos, caminamos juntos con aquellos hermanos y hermanas que el Señor ha puesto a nuestro lado. Así nuestro camino cuaresmal es también “sinodal”, porque lo hacemos juntos por la misma senda, discípulos del único Maestro.
Las palabras del Apóstol san Pablo nos dan una consigna precisa para nuestro camino cuaresmal-sinodal: «En nombre de Cristo les suplicamos: ¡reconcíliense con Dios! Ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación» (2 Cor 5,19. 6.2).
Muchas veces nos olvidamos que en la vida cristiana cada momento es favorable y cada día es día de salvación. Por eso la Iglesia, que es Madre, con el rito de imposición de ceniza nos llama a empezar de nuevo.
Las cenizas son simples. Son la máxima simplificación de las cosas, lo más humilde y pobre. En otros tiempos las cenizas se ocupaban para lavar, se esparcían por los campos para hacer la tierra más fértil, para darle nueva energía. Así, en la cabeza de los fieles tienen este mismo significado. No nos recuerda que debemos morir sino que debemos ser humildes y fecundos. Las cenizas son lo que queda cuando no queda nada, son lo mínimo, la casi nada. Pero desde aquí podemos volver a empezar a seguir a Jesús.
Las palabras que acompañan la imposición de ceniza: “Conviértete y cree en el Evangelio” nos impulsan a entregarnos a Jesús, a confiar en él y en su Palabra, a permanecer en él, a compartir su estilo de vida, a aprender de él el amor verdadero, a seguirlo en el cumplimiento diario de la voluntad del Padre, incluso en las dificultades y en las fatigas, cunando llegan los cansancios y las caídas, cuando tenemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos y de abandonar el camino.
La ceniza nos recuerda nuestra fragilidad y pequeñez donde, sin embargo, puede entrar Dios y su soplo vital. Entonces la Cuaresma no será un tiempo penitencial sino vital, no un tiempo de mortificación, sino de vivificación. Será el tiempo de la semilla en la tierra.
Que el Señor nos done la humildad para aceptar que necesitamos de Él, que nos libere de nuestro ”yo”, para acoger lo que él nos quiere dar gratuitamente: su misma vida.






