Tomada por la mano de los jovenes
Licha Santiesteban Sánchez regresó el pasado mes de marzo a su tierra natal, México, para continuar su servicio misionero allí. Aquí relata la riqueza de lo que ha ido descubriendo en los últimos años.
Después de diez años de misión en Brasil, mi congregación me pidió que realizara el servicio de la evangelización digital, coordinando nuestro sitio internacional junto con un equipo de hermanas. Para mí fue una oportunidad para prepararme y entrar concretamente en esta campo. Coordinar a las hermanas y las actividades no fue fácil, pero todas nos propusimos el objetivo de entrar en este continente digital y vivirlo desde nuestro ser misioneras ad gentes. Ciertamente los medios virtuales no pueden reemplazar el encuentro directo con las personas, pero estamos convencidas de que la comunicación en este tiempo no es una opción, sino un imperativo, un estilo de vida, y que vivir ambas realidades encarna hoy el Evangelio.
Me gustaría compartir con ustedes la experiencia de estos cinco años vividos en Parma. Me tomó un año y medio conocer y elegir las oportunidades para un servicio misionero; poco a poco fui descubriendo el gran desafío evangelizador que se me presentaba: la pastoral universitaria.
Junto a los Franciscanos Menores y otras personas consagradas nos embarcamos en esta aventura: dos veces al año visitamos los campus universitarios, acercándonos a los jóvenes con actitud de escucha y diálogo sencillo, haciéndoles unas preguntas para iniciar la conversación, por ejemplo: para ti , ¿cuáles son las bellezas de la vida? O: ¿Te escuchas a ti mismo? ¿Y te sientes escuchado? ¿Qué crees que le falta a la Iglesia?
Las respuestas nos impresionaron. Ha surgido la falta de figuras adultas como punto de referencia; el desconcierto de los cristianos que carecen de compacidad entre las palabras y los hechos. Las reflexiones de los jóvenes nos mostraron lo carentes que éramos, nos estimularon a dar razones válidas y hermosas de nuestra fe y nos enseñaron a aceptar las críticas hacia nuestra Iglesia y hacia nuestro estilo de vida cristiano incoherente. Sus palabras nos han demostrado que no es obvio ser testigos, y han provocado que busquemos la manera de serlo.

En esta realidad tuve que reestructurar mi esquema mental y religioso: los universitarios me empujaron a cambiar mi actitud hacia quienes piensan y viven de manera diferente a mí, a diferencia de nosotros los cristianos que ahora tenemos tanta confianza en nuestras tradiciones. Los diálogos con estos jóvenes me llevaron cada vez más a dar sentido a mi vocación misionera: sin saberlo trastornaron mi vida, sacándome de la zona de confort en la que fácilmente me acomodo.
Mientras tanto, en Parma nació el proyecto "10 Palabras", un camino generado hace unos treinta años por Don Fabio Rosini y dirigido sobre todo a los jóvenes. Nos lleva a mirar dentro de nosotros mismos, realizando un verdadero trabajo de diagnóstico sobre la realidad de nuestra condición humana. El itinerario termina con los "7 signos": entre el Antiguo y el Nuevo Testamento encontramos la belleza de una vida en la libertad cristiana.
Esta iniciativa ofrecida a los jóvenes fue liderada por un pequeño equipo de sacerdotes, misioneras y laicos, que en primer lugar estudiaron juntos el contenido de este camino. Al poner las manos en la masa, me refiero a este metodo, sentí una fuerte llamada de Dios dentro de mí para revisar y evaluar mi forma de vida como hija de Dios y como misionera, una fuerte invitación a una conversión más real, también a partir de los diálogos en la universidad, mencionados anteriormente.
Tanto en Brasil como en Italia Dios me habló a través de los jóvenes, para vivir plenamente mi vocación misionera, y me dieron ese nuevo empuje, esa franqueza y transparencia que los adultos perdemos con el tiempo. No se puede engañar a los jóvenes, porque escuchan y ven de inmediato si realmente uno se pone en juego con las palabras y los hechos, si se tiene pasión por lo que se hace, si se está convencido de quién somos. Provocan en ti el deseo de ser una persona que refleje el deseo de ellos.
En mi breve experiencia dentro de esta realidad comprendí que vale la pena dejar que nuestras pequeñas tradiciones, nuestros rígidos esquemas mentales, nuestras falsas certezas se derrumben, en fin, vale la pena dejarnos confrontar por y con las nuevas generaciones, que tanto tienen que enseñarnos y despertar en nosotros, la belleza de caminar y construir juntos. Al final, me parece que este es el estilo sinodal que constantemente se nos invita a adoptar.
Al regresar a mi país, México, llevo conmigo la riqueza de las personas que he conocido y los momentos difíciles que me han provocado a una nueva forma de mirar y vivir la vida. Llevo la belleza del encuentro entre culturas de las que tanto he recibido.







