María, modelo de escucha y misión
En los episodios de la vida de la madre de Jesús que nos ofrecen los Evangelios, me parece que hay una constante: una palabra la precede y ella escucha, se interroga, pregunta o guarda silencio, y conserva todo en su corazón.
Así sucede en el encuentro con el ángel Gabriel; así en su llegada donde Zacarías e Isabel; así cuando llegan los pastores ante el niño recién nacido; así cuando se deja conducir a Egipto y luego regresar; así cuando busca junto con sus familiares encontrarse con Jesús; así al pie de la cruz, hasta terminar en el silencio total de los Evangelios sobre ella después de la resurrección de Jesús.
Y si toma la palabra primero al reencontrar al niño Jesús después de tres días de búsqueda, es para pedir explicaciones. Si en Caná señala a Jesús que la familia ya no tiene vino para ofrecer, es porque ha escuchado un malestar silencioso y simplemente se lo comunica a su hijo.
Sin embargo, María habría tenido mucho que decir a los pastores; podría haber reprendido directamente a su hijo por haber desaparecido; habría podido ignorar la dificultad de la pobre familia de Caná y disfrutar la fiesta; habría podido gritar o reclamar al pie de la cruz; habría podido instruir a los discípulos vacilantes después del acontecimiento del Calvario…
Poner la escucha como primer paso de nuestra vida cotidiana no es fácil. Demasiadas seguridades nos lo impiden; demasiados juicios ya preparados nos hacen interrumpir inmediatamente a quien habla para dar nuestra respuesta y expresar nuestro pensamiento. Y así el otro queda desvalorizado, el diálogo se interrumpe y nosotros permanecemos encadenados al pasado, sin permitir que ningún viento nuevo entre por nuestras ventanas cerradas.
Es una gran disciplina imponerse, ante todo, escuchar: ya sea a un familiar, a un vecino, a un opositor político, al creyente de otra religión, a un inmigrante. La larga convivencia y el acostumbrarnos a ciertas convicciones nos convierten en personas llenas de respuestas y con muy pocas preguntas.
O bien, al no estar sanados interiormente, nos obligamos a dejar hablar al otro, pero sin escucharlo realmente. Esto vuelve inútil incluso nuestro acercamiento a la Palabra de Dios, que termina convirtiéndose más bien en objeto de nuestras propias palabras y peticiones.
Podríamos, en este mes de mayo, pedir a María que interceda por nosotros el don de la escucha.
¿Escuchar y luego qué? Muchas veces nuestro retrato de María se ha limitado a la obediencia pasiva, a la dulzura, a la sumisión y al silencio. Un modelo de mujer frente al cual muchas mujeres han reaccionado, y que no corresponde a la María de los Evangelios.
María escucha, guarda silencio, pregunta y decide, como aparece en la Anunciación; se levanta y decide emprender el largo viaje hacia Isabel y Zacarías, y responde a las palabras admiradas de Isabel con un himno que abraza toda la historia, pasada, presente y futura.
Acoge y medita aquello que no comprende, como sucede con los pastores y con las palabras del niño Jesús encontrado en Jerusalén; y quizá también con aquellas palabras de Jesús que afirman que grande no es ella solamente por su maternidad, sino todo aquel que escucha y cumple la voluntad del Padre. Como ella lo había hecho…
Guarda silencio cuando simplemente hay que acoger una herencia y asumir una misión, como al pie de la cruz.
María saca consecuencias de la escucha. Eso es también lo que se nos pide a nosotros: que la Palabra que nos alcanza —meditada en el texto bíblico, explicada y actualizada por la Iglesia, y mediada por la escucha de las personas y de los acontecimientos— nos abra a nuevos pasos en la aventura no escrita de la vida.
María, pide por nosotros para que, liberados de la prisa y de los pensamientos que llenan nuestra mente, nuestros oídos estén dispuestos a escuchar, y nuestras manos y nuestros pies estén listos para actuar, para no dejar morir al nacer las semillas que Dios va sembrando día tras día en nuestro camino.






